Encabezado eft
Edith Stein y Räissa Maritain
 
 
 

 
       
Edith Stein y Raïssa Maritain
Picón, María Laura, Dra.en Folisofía, Profesora (UCA)
 
 
Fuente: Esperanza en contexto. Año 3 - N°3 Junio 2013
 
 1. A modo de presentación
 
La memoria cultural de la civilización occidental- pese a los intentos de la ilustración por establecer una línea recta entre Atenas y Berlín, socratismo-platónico e idealismo alemán- se asienta sobre dos pilares: el helenismo y el judaísmo. Ambos basamentos, uno pagano y otro creyente, considerados en conjunto, perfilan al hombre occidental.
 
La reivindicación de la raigambre hebrea no llega sino hasta hace unos pocos años, gracias a que se ha restaurado el papel de la memoria como categoría del pensamiento; y es a partir de esta evocación que se empieza a entender su papel fundamental en la cosmovisión cristiana.
 
Si se analiza un elenco de humanistas cristianos en los últimos 2000 años, resultará curioso constatar que destacadas figuras como Dante, Bocaccio, Lope de Vega, por nombrar solo algunos, han demostrado interés por conocer las raíces hebraicas. Y no se puede olvidar al mismísimo Tomás de Aquino, quien habla con gran reconocimiento de Maimónides, por cuyo pensamiento se sintió poderosamente atraído en su esfuerzo de hacer una síntesis entre la razón y la revelación.
 
Es en virtud de esta imbricación del pensamiento hebreo en la cosmovisión occidental y cristiana, que este trabajo intentará mostrar la fuerza, riqueza y aportes que el pensamiento judío entregó a nuestro mundo. Riqueza y aportes que no sólo tienen que ver con descubrimientos científicos y nuevos conocimientos académicos, sino que- en el caso particular que nos ocupa- se manifestarán en la presencia de un espíritu, un “genio”, capaz de vivificar los recovecos más profundos del alma humana.
 
El rol de la mujer en la preguerra estaba muy distante del rol que hoy día cumple. En Europa, como en el resto del mundo, aquellas que llegaban a estudiar una carrera universitaria eran pocas. Mucho menor era el número de quienes accedían a una cátedra y trascendían sus días. Curiosamente, dos mujeres de origen judío, de esta época, tienen hoy una presencia y un peso en la historia del pensamiento importantísimo. Edith Stein y Raïssa Oumançoff – más conocida como Raïssa Maritain- aportaron a los años y siglos venideros un modo peculiar, un espíritu especial, al modo de ver el mundo. Ambas, luego de su conversión al cristianismo, pudieron plasmar no sólo en la academia sino en su modo de vida, la ancestral tradición judía con la revelación cristiana, generando una nueva mirada sobre la realidad en la que el elemento hebreo marca la diferencia.
 
Estas dos mujeres del siglo XX son la prueba de que la identidad judía conforma una cosmovisión particular que trasciende lo meramente religioso, que configura un modo ontológico de ser en el mundo y cuya condición no se puede desprender de ellas por un acto de libertad. Es este carácter único, que le dará a estas mujeres una fortaleza inusitada.
 
 
 
2. Aspectos biográficos en paralelo
 
 
 
No es objetivo de este punto ahondar sobre cuestiones biográficas de Edith y de Raïssa. Grandes biógrafos y estudiosos- y en el caso de Raïssa ella misma y en el de Edith, su hermana- nos han hablado de éstos. Sin embargo, es menester precisar algunos de estos sucesos a fin de entender y mostrar por qué el judaísmo marca indeleblemente la vida y el pensamiento de estas dos mujeres.
 
 
 
2.1. Primeras pérdidas
 
 
 
Raïssa Oumançoff nació en Rostov-on-Don, Rusia, en 1883, en el seno de una familia judía. A sus dos años, la familia se traslada a Ukrania, a Mariupol y por 10 años vive en el Imperio Ruso, profundamente imbuida de la piedad y las tradiciones judías que, su abuelo materno, le inculcaba. Ella misma recordará en su libro, Las Grandes Amistades que las enseñanzas de su abuelo “provenían de su gran piedad, la piedad del Hasidim, ya que la mística judía en sus variados aspectos, a veces se inclina hacia el intelecto, a veces hacia las emociones…”[1] y sostiene que la religiosidad de su abuelo combinaba el amor, la confidencia y la caridad.
 
A medida que sus hijas crecían, los Oumançoff comenzaron a ver que éstas tenían grandes condiciones intelectuales y que, como judíos en el Imperio Ruso, su posición al respecto era bastante precaria. De aquí que decidieron migrar la familia a Francia, asentándose en París. Este exilio, que traería grandes satisfacciones a la familia, sin embargo cortó los lazos con sus amigos y con el abuelo, lo cual significó también, una ruptura con la fe.
 
Edith Stein nació unos años después que Raïssa, en 1891 en Breslau, Alemania- hoy Polonia- el día del Yom Kipur. A diferencia de Raïssa, que era la mayor de dos hermanas, Edith fue la menor de once. “El padre, comerciante de maderas, murió cuando Edith no había cumplido aún dos años. La madre, una mujer muy religiosa, solícita y voluntariosa, una persona verdaderamente admirable, al quedarse sola, debió hacer frente tanto al cuidado de la familia como a la gestión de la gran hacienda familiar; pero no consiguió mantener en los hijos una fe viva. Edith perdió la fe en Dios. <Con plena conciencia y por libre elección dejé de rezar>"[2].
 
Es bien conocido que los primeros años en la vida de un ser humano son decisivos. Lo que en ellos forje lo acompañará toda la vida y será muy difícil de remover. En el caso que nos ocupa, estas dos niñas, hijas del naciente siglo XX, experimentaron desde muy temprana edad la pérdida. Las cabezas de sus familias mueren o se alejan, dejando en otras manos la responsabilidad de continuar con las tradiciones. Por otra parte, el caso de Raïssa supone migrar- patentización de la condición errante del judío- lo cual no sólo augura nuevos horizontes y aprendizajes sino que también siembra un dejo de nostalgia, tristeza y pérdida.
 
El caso de Edith no es menor. Muerto su padre, su madre debe encargarse de sostener toda una familia, desde lo económico y lo emocional. Y no será un tema menor el hecho de que su más pequeña niña, sea brillante- como relata su hermana. Dicha claridad intelectual, desde la más tierna infancia, y en los tiempos de los que estamos hablando, son difíciles de manejar para una madre sola con 11 hijos.
 
Decía su hermana al respecto: “Su primera niñez coincidió en el tiempo en que nuestra madre sobrellevaba las tareas más pesadas, tras la muerte repentina de nuestro padre. A causa de sus cargas inevitables poco podía dedicarse a nosotras. Las dos "pequeñas" estábamos acostumbradas a entendernos las dos solas y -al menos por las mañanas, hasta que los mayores regresaban de la escuela- nos entreteníamos nosotras solas. Hasta donde conozco de las narraciones de mi padre, de mis hermanos y por recuerdo personal, éramos bastante formales y raramente nos reñían. (…) [Edith] Tenía una memoria formidable y todo lo retenía. (…)Desde los cuatro o cinco años comenzó a manifestar conocimientos de literatura. Cuando entré yo en la escuela, se sintió terriblemente sola, tanto que mi madre decidió internarla en un jardín de infancia. Pero esto fracasó del todo. Se veía allí tan desoladamente infeliz, y aventajaba intelectualmente todos los niños, que hubo que renunciar a ello. Muy pronto comenzó a suplicar que se le permitiese ir a la escuela ya en otoño, cuando el 12 de octubre cumpliese los seis años. Si bien era pequeña a todas luces y no se le atribuían los seis años, el director de la escuela Victoria de Breslau, escuela que ya habíamos frecuentado antes que ella las cuatro hermanas, consintió en ceder a sus ruegos insistentes.”[3]
 
 
 
2.2. La Sed y Pasión por la Verdad
 
 
 
La pequeña Edith era muy sensible y dinámica y ya a los 7 años empezó a madurar su temperamento reflexivo.
 
Mientras, en la escuela de París, el corazón de Raïssa comenzaba a experimentar algunas preocupaciones que, a los siete años no sabía expresar pero que, pasado el tiempo, relataría del siguiente modo en Les Grandes Amitiés: “Entraba en el mundo del conocimiento. Me latía el corazón con infinita esperanza.” [4]
 
“Yo he pensado frecuentemente en lo que era la vida para mí, la vida interior de un niño de siete años. Y me doy cuenta de que experimentaba, respecto todo lo concerniente a la escuela, emociones de un carácter religioso que no puedo hoy expresar más que con palabras que entonces ignoraba.” [5]
 
Como lo manifiesta el relato anterior, Raïssa empezaba a gozar del encuentro con la Verdad, un encuentro que, en esa temprana edad, se manifestaba oscura y de manera angustiante, pero que estaba presente en cada uno de los acontecimientos vividos.
 
Unida, por una parte, a la experiencia del encuentro con la verdad, otra experiencia curiosa  conmocionó profundamente a Raïssa a la edad 14 años y que perduró por bastantes años más. Ella la llamó “malestar moral” y la describió del siguiente modo:
 
“Muy pronto se precisó otra causa de malestar moral: hacia la edad de catorce años comencé a plantearme problemas respecto de Dios. (...) Recuerdo muy claramente que razonaba así: si existe Dios, es también infinitamente bueno y omnipotente. Pero si es bueno, ¿cómo permite el sufrimiento?, y si es omnipotente, ¿cómo tolera a los malos? Entonces no es, ni omnipotente ni infinitamente bueno, y por consiguiente, no existe. Esta conclusión que habría más tarde de desesperarme, permanecía más bien en la región de las ideas propuestas más que afirmadas.” [6]
 
Este texto es revelador puesto que en él se pone de manifiesto el deseo de encontrarle un sentido al sufrimiento y al dolor, una justificación a la existencia para que no se trate de una cosa absurda y cruel. Al mismo tiempo revela un cierto “enojo” por no poder “creer”, situación que condujo a Raïssa a asumir el compromiso de encontrar la verdad “respecto a Dios, a sí misma y al mundo.”[7] El sentimiento religioso perdido luego de separarse de sus raíces, la atormentaba. Alguna vez mencionará en su autobiografía la desazón de no poder creer en Dios, como sus compañeras de escuela, tristeza que la acompañará hasta su conversión y que sólo mitigará en la música y el arte, donde encontraba un reposo para su alma.
 
Edith, por su parte, pese a su “pasión por la verdad” sorprende a su familia con la decisión de no continuar estudiando en la escuela de Victoria. Las razones eran más que profundas para una adolescente: en la escuela y en la religión no hallaba el sentido de la vida. Edith sufrió grandes dudas existenciales sobre el sentido de la vida y se percataba de la discriminación que sufre la mujer. Fue recién un año después que pide retornar a los estudios convencida de que su paso por este mundo debe estar signado por el “servicio a la humanidad”.
 
Estas dos mujeres brillantes, con una sensibilidad única frente a la Verdad y al dolor de la humanidad, intuían que el servicio y la transformación del mundo iban de la mano con la formación intelectual. Una en la Sorbona, otra en Gottingen, comienzan un camino de éxitos académicos y de conocimientos reveladores.
 
Pese al aparente ateísmo profesado por ambas, el germen del Absoluto que todo lo transforma, estaba en su interior. Y era esa interna convicción inconsciente la que les motivaba su búsqueda de la verdad y su preocupación por la humanidad.
 
 
 
2.3. La conversión
 
 
 
El hecho de la conversión al cristianismo de estas dos mujeres no difiere de la mayoría de las conversiones. Conversión, para cualquier hombre, significa poner fin a algo; dejar de ser lo que se es para comenzar a ser otra cosa. Es lo que los griegos llamaban metanoia (metanoia) un cambio de actitud interior. Pero lo más importante en toda experiencia de conversión es saber cabalmente para quién se muere y para quién se vive. Es un camino a la vida; una garantía de vida plena, de vida nueva. Este pasaje de un estado a otro, en Raïssa y Edith, no se dio sin lucha interior. Podría decirse que no hay conversión que no vaya acompañada este tipo de luchas, San Agustín mismo, por ejemplo, nos relata sus dudas y debates espirituales en el libro VIII de sus Confesiones.[8]
 
Las decisiones de vida de Edith – dejar la escuela, retornar, alistarse como enfermera en la Guerra- o la angustia existencial de Raïssa – la imposibilidad de encontrar consuelo en las ciencias para el dolor humano y un sentido a la vida- responden al signo dramático de la cultura moderna. Sin embargo, tras esta desesperación, no excluyen la posibilidad de encontrar un sentido a la vida; es decir, aquella “esperanza que siempre se insinúa. No se la reconoce, pero ahí está.”[9]
 
Ahora bien, como en todo proceso de conversión, el hombre creyente no sólo tiene que habérselas con un sentido objetivo, sino también con alguien, con un testigo que le garantice ese contenido objetivo y en el cual se apoye; y recién, en un segundo momento, advierte que la fe supone un asentimiento carente de reservas y una verdad incondicional. “Fe quiere decir tener algo por real y verdadero en virtud del testimonio de otro”.[10]
 
Por ello las conversiones de Raïssa y Edith estuvieron signadas por personas, testigos de su fe, a saber: el encuentro con Leòn Bloy y con la viuda Hedwig Conrad. 
 
La conversión de Raïssa está muy ligada a su angustia por no poder abrazar la fe, y hasta un cierto pesar por ello. De aquí que puso en un primer momento de su juventud, la confianza en las ciencias, pensando que éstas llenarían este vacío. Si bien en un primer momento, en sus ansias de una verdad que aquietase su espíritu, encontró en Henry Bergson y en su filosofía un endeble refugio ante las amenazas de la cultura moderna, fue recién tras la lectura de un libro de Léon Bloy, La mujer Pobre, que comenzó a transitar el camino para ser adoptada por éste y por la Iglesia. En esa lectura encontró por primera vez la realidad del cristiano.
 
En la casa de los Bloy comienza a desvelársele el problema de Dios. En una carta que Raïssa le envía a Bloy se pone de manifiesto el deseo inconsciente de Dios, semejante a aquel que tuviera el día de la comunión de sus compañeras de escuela. Afligida por no ser cristiana, Raïssa pide consejo a Bloy pues no sabe qué buscar. La respuesta de Bloy es la siguiente: “...Ahora voy a tratar de responder a la parte más seria de su carta. “No soy cristiana – dice usted -. Sólo sé buscar gimiendo”. ¿Por qué continuar buscando, amiga mía, si ya ha encontrado? ¿Cómo podría usted amar lo que escribo, si no pensara y sintiera como yo? No sólo es usted Cristiana, Raïssa: es una ferviente Cristiana, una hija amadísima del Padre, una esposa de Cristo al pie de la Cruz, una servidora amorosa de la madre de Dios en su antecámara de Reina del Mundo...sólo que usted no lo sabe, o más bien, no lo sabía, y para que lo sepa, me ha sido enviada usted”[11].
 
La adhesión a los misterios de la fe le resultaba difícil pues estaba acostumbrada a adhesiones racionales; mas la confianza en Bloy hizo que se acercara a ellas a través de la lectura de la vida de los santos, lectura que acaecía llena de prejuicios y desconfianzas.
 
“Todo lo que siguió, lecturas, reflexiones, amistades nuevas, nos habían llevado por una parte a convenir que ningunas de la objeciones hechas al catolicismo eran decisivas”.[12]
 
Seguramente, si se le hubiese preguntado qué era lo que realmente creían, no hubiese respondido con demasiados detalles en lo referente al contenido de su fe, sino que, en el caso de que hubiese querido ser absolutamente precisa, habría señalado hacia el lugar donde se hallaba la persona que le garantizaba esas verdades, y la respuesta hubiese sido: “creo lo dicho por éste”.[13]
 
El 11 de junio de 1906, un año exacto después de escribirle la primera carta a Léon Bloy, en el Sacre Coeur, el día de San Bernabé, Raïssa,  su esposo Jacques y su hermana Vera recibieron el bautismo siendo su padrino, León Bloy.
 
El caso de Edith no fue muy distinto. En 1921 pierde un amigo. El tema de la muerte a Edith le causaba siempre un gran impacto, pues la hacía sentir en la necesidad de dar respuestas a los grandes interrogantes de la vida. Sin embargo, pese a este sentimiento decide acompañar a su viuda. Al llegar pensaba encontrarse una mujer desvastada y desconsolada peor grande fue su sorpresa al encontrar a su amiga en paz y con una gran fe en Dios. Será durante la estancia en su casa que Edith leerá a Santa Teresa en una noche, racionalizando el texto hasta que finalmente exclamó “esta es la verdad”. Sin embargo, pese a su deseo de rendirse a la gracia, atraviesa crisis profundas. Ella misma escribe: “Decisivo de forma consciente fue el hecho real, no sentimiento, de topar con la imagen concreta del cristianismo auténtico en los testigos elocuentes (Agustín, Francisco, Teresa). Pero ¿cómo describirle en un par de palabras la imagen de un hecho real? Es un mundo infinito, que se abre como algo absolutamente nuevo, si uno comienza, en lugar de vivir hacia fuera, hacia dentro”[14]. En ese momento decide hacerse católica.
 
Unos meses más tarde, el 1 de marzo de 1922 Edith es bautizada añadiendo el nombre de Hedwig, en honor a su amiga instrumento de la conversión. Como católica siente que le da cumplimiento a su identidad judía. Se siente más judía y reconcilia en su corazón ambas religiones.
 
Y una vez más la vida de Raïssa y Edith vuelven a tocarse. Si había un fantasma que la atormentaba a la primera era la reacción de sus padres al enterarse de la nueva opción de vida de su hermana y suya. Ciertamente éstos recibieron con gran desconcierto la noticia y hasta con cierto grado de incomprensión, que el tiempo fue curando. En el caso de Edith, la incomprensión de su madre, provocó un inmenso martirio en su alma, sufrimiento que abraza por seguir la voluntad de Dios.
 
No es en este trabajo donde habría que abordar en detalle cómo prosiguieron sus vidas. Lo cierto es que sin abandonar su vocación intelectual, el amor por la Verdad y su compromiso con ella, ambas mujeres entregaron la vida a Dios. Raïssa con su esposo optaron una vida contemplativa, en algunos puntos rayanos al misticismo.[15] Edith, el 21 de abril de 1938 hace su profesión solemne, adoptando el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz. Es durante estos años que concluyó una de sus más admirables y hondas obras: Ser finito y ser Eterno, en la que reconoce la sed infinita que posee el hombre por conocer la verdad y por experimentar el fruto de lo eterno.
 
 
 
2.4. Un encuentro fugaz
 
Diez años después de la conversión de Edith, en 1932, el 12 de septiembre más exactamente, con ocasión de las jornadas de estudio sobre fenomenología organizadas por la Société Thomiste del padre Chenú, el matrimonio Maritain se encuentra con la futura carmelita. Y algunos días después la reciben en su casa de Meudón, sitio en el que los Maritain  recibieron y asilaron espiritualmente a muchos intelectuales exiliados e incomprendidos, como Mac Chagall, Lauriè, Stravinsky, entre otros.
 
Así se forjó una fugaz amistad que se mantuvo mediante correspondencia. Será Raissa quien el envíe en distintas ocasiones sus libros a Edith- La vida de oración oEl ángel de la Escuela-  a los que Edith agradece y se disculpa por el escaso tiempo del que dispone para leerlos pues ya había hecho su entrada al Carmelo, para ese entonces. En una de esas epístolas escribe: “(…) Nunca he olvidado las pocas horas pasadas en su bella casa, y desde entonces los recuerdo en oración. Debemos conservar este vínculo, aunque no podamos volver a vernos más.”[16]
 
Es también, a través de la amistad con Edith que los Maritain, durante su estancia en EEUU, también toman contacto con otra judía con inquietudes religiosas, Simone Weil quien les confiará su posición espiritual de modo muy hondo.
 
Entre Raïssa y Edith, además de un entendimiento intelectual – pese a las diferencias filosóficas respecto de la intencionalidad del conocer y la admiración mutua por el pensamiento de Tomás de Aquino- existió un entendimiento espiritual muy especial.
 
 
 
2.5 La cruz
 
La vida de los Maritain en Europa se vuelve intolerable por causa de la subida del antisemitismo y el surgimiento del fascismo y del nazismo[17]. Es así que deciden emigrar a los Estados Unidos y comienzan una larga y difícil peregrinación, primero en Chicago y luego en Nueva York. Sólo pueden volver a Francia después de la guerra, en los años 60. Largo y doloroso exilio, profundamente incomprendido por sus pares y adversarios, pero también por la misma Iglesia Católica, que vaciló en poner sus obras en el Índice.
 
Vera, la hermana de Raïssa muere en el exilio en 1959, y Raïssa muere en París un año más tarde, luego de 4 meses de terrible sufrimiento y de toda una vida de debilidad y enfermedad.
 
Benedicta de la Cruz y su hermana Rosa no corren mejor suerte. La Gestapo amenaza a las autoridades cristianas de Holanda con deportar a los judíos conversos a sus credos. El Carmelo de Echt pidió visas para trasladar a Suiza a Edith y a su hermana Rosa. Pero sólo llegó permiso para Edith. Ésta, no se iría sin su hermana. El 2 de agosto de 1942, miembros de la SS apresan a Edith y a Rosa. Cuentan que al salir del convento, Teresa Benedicta de la Cruz tomó a su hermana de la mano y dijo: “Ven, hagámoslo por nuestro pueblo!”
 
En los diferentes campos donde estuvo Edith, los sobrevivientes cuentan de la paz que la embargaba. El 7 de agosto es trasladada junto a su hermana a Auschwitz y el 9 mueren en la cámara de gas.
 
Un telegrama que Edith envía a la Priora de Echt antes de ser llevada a Auswitz decía: “No se puede adquirir la ciencia de la Cruz más que sufriendo verdaderamente el peso de la cruz. Desde el primer instante he tenido la convicción íntima de ello y me he dicho desdel fondo de mi corazón: Salve, oh Cruz, mi única esperanza”.
 
 
 
3. La Weltanschauung neo-hebraica
 
El siglo XX fue prolífico en hijos de Israel intelectuales, músicos, hombres de letras, artistas en general. Todos ellos con una sensibilidad especial.
 
Cada uno de ellos, desde su ser judío, aportó elementos indispensables a la civilización occidental y cristiana, elementos sin los cuales dicha cosmovisión del mundo no sería la que es. El caso de las dos mujeres de nuestro trabajo no es excepción.
 
A partir del paralelismo establecido entre ambas vidas se puede establecer una profunda relación entre identidad y Weltanschauung o cosmovisión, pues son los procesos colectivos de reconstrucción de los acontecimientos que ha sufrido un grupo o que han delimitado sus contornos, los que articulan la conciencia del presente y la ideación del futuro.
 
La identidad judía- como cualquier otra identidad- admite dos tipos de definiciones. Una la que define al judío desde los que no lo son. Otra, una definición endógena, que sostiene que es judío todo nacido de vientre judío- paradójicamente la definición nazi.  Mas a todo esto se debe sumar el haber sido criado como judío o, aún cuando no se haya impartido esta crianza el hecho de que alguno de los progenitores lo sea; vale decir haber experimentado el sentido de pertenencia a un grupo humano con historia común. Todo ello hace a códigos y modos de entender y comprender la realidad.
 
La identidad judía, por tanto, se halla conformada por un conjunto de valores, ideas, tradiciones, lenguajes, códigos que conforman una tradición peculiar y que va mucho más allá de lo religioso.
 
En este sentido, no cabe duda de que las conversiones de Raïssa y Edith, no indicaron la separación de la tradición hebrea sino que indicaron un nuevo camino: la senda que las conducía a descubrir la propia hebraicidad.
 
Dicha hebraicidad no estaba oculta sino que ellas eran incapaces de percibirla.
 
Y fue su conversión la que potenció dicha cualidad esencial.
 
Y digo “esencial” porque cada suceso importante de sus vidas lo denotan. Tomemos por ejemplo el tema de la sabiduría.
 
La cosmovisión griega cuando refiere al hombre enfatiza la cabeza, la mente, el intelecto, las funciones superiores del arte y las ciencias, la filosofía. Ese fue el refugio de Edith durante años y de allí se fundó la esperanza del encuentro con la verdad de Raïssa. Pero luego de la conversión, la sabiduría en sentido griego adquirió otras dimensiones. Podría decirse que cobró sentido desde las raíces más profundas de su ser. Luego de la conversión, estas mujeres descubrieron que la cabeza y el intelecto no son las partes importantes del hombre, sino el corazón, leb. Éste es el órgano fundamental de la vida, ancla de los sentimientos, los deseos y los más altos pensamientos y- en este sentido- sabiduría.
 
Yahvéh habla al corazón del hombre, no a su intelecto (Salmo 33,11). Este llamado presupone una elección, una alianza y un sentido religioso y moral. De aquí que la mirada o la cosmovisión neo-hebraica de estas mujeres plantee un mundo abierto, surgido de la creación y cuya culminación está fuera del tiempo. Y por ello sus vidas y sus enseñanzas luego de la conversión, giraron en torno a una cosmovisión en la que la experiencia existencial consistía en un “caminar teniendo la certeza de una promesa” - para Raïssa la esperanza, que signó su vida.
 
Es el caminar con la certeza de una promesa lo que marca la identidad de un pueblo sin tierra pero que se mantuvo unido en la dispersión geográfica. El mismo caminar que hacía de Edith una mujer serena caminando hacia su destino final o que le permitió a Raïssa afrontar su penosa y larga enfermedad.
 
Y es esta dupla, inclusión-exclusión, la que les otorga, también esta especial visión del mundo. Inclusión, porque tanto Raïssa como Edith fueron dos mujeres insertas en el mundo, mujeres de avanzada para el s. XX., capaces de abrirse camino como mujeres de ciencia sin perder de vista la trascendencia. Dos mujeres que no renegando de sus raíces, las defendieron y supieron reconocer en ellas el germen de lo que serían sus vidas.. Exclusión, porque siendo de este mundo, lanzaron su existencia hacia la trascendencia, con la seguridad y la apertura  que otorga la Esperanza que no defrauda.
 
[1]Maritain, R.:Les Grandes Amitié,:ŒC, Vol. XIV, pág. 610. Traducción propia.
 
[2] Estas palabras fueron pronunciadas por el Papa Juan Pablo II con ocasión de la beatificación de Edith Stein en Colonia, el 1 de mayo de 1987.
 
[3] Biberstein-Stein-E.: Semblanza de Edith Stien, New York, 1949. En https://www.aciprensa.com/testigosdefe/edith/edith2.htmconsultado el 2 de Febrero de 2013
 
[4]Maritain, Raïssa; Les Grandes Amitiés, ŒC, Vol. XIV, pág. 633. Traducción propia.
 
[5]Maritain, Raïssa; Les Grandes Amitiés, ŒC, Vol. XIV, pág. 633. Traducción propia.
 
[6]Maritain, Raïssa; Les Grandes Amitiés,ŒC, Vol. XIV, pág. 650. Traducción propia.
 
[7]Maritain, Raïssa; Les Grandes Amitiés,ŒC, Vol. XIV, pág. 654. Taducción propia.
 
[8]  Vid. San Agustín, Confesiones, Libro VIII, 25-27.
 
[9] Maritain, J.: Cuaderno de notas, Ed. Desclée de Brower, Bs. As., 1954, pág. 18
 
[10] Pieper, Josef: Las virtudes fundamentales, Ed. Rialp, Madrid, España, 1980, pág. 312.
 
[11] Bloy, León: Cartas a Maritain y Van der Meer, Ed. Mundo moderno, Bs. As., 1948, pág. 25. Carta correspondiente al día 25 de Agosto de 1905.
 
[12] Maritain, R. : Les Grandes Amitiés,ŒC, Vol. XIV, pág. 661. Taducción propia.
 
[13] Maritain, R. : Les Grandes Amitiés,ŒC, Vol. XIV, pág. 653. Taducción propia.
 
[14] Stein. E.: Cartas a Roman Ingarden, Madrid, Ed. de Espiritualidad, 1998, p. 209.
 
[15] Sobre este punto particular se pueden consultar trabajos de la Dra. Lourdes Grosso García  y el libro Portavoces de Sabiduría, de quien suscribe.
 
[16] Viotto, P.: Raïssa Maritain, una sombra luminosa, Ed. Club de Lectores, Bs. As. pág. 292
 
[17] Durante la II Guerra Mundial, Maritain se había declarado partidario de la resistencia francesa encabezada por el general De Gaulle.
 
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