Encabezado eft
Acerca de la Tolerancia
I. PRESENTACIÓN

Paula Viale, Abogada, Especialista en Derecho Penal
Por obvias razones histórico-culturales que no requieren mayor explicitación -de entrada-, el legado de Foucault constituye un material altamente sensible. Dicho autor, en quien me voy a centrar, sienta las bases para enriquecer nuestra idea “del otro”1 con determinaciones en buena medida inéditas históricamente, para comprender, lo que describe la tesis del presente: la experiencia de la TOLERANCIA.
Ironia del destino, tal y como por aquellos años stalinistas, un nuevo contingente de lectores, renuentes hacia todo lo que sonara a institucional, pasaban a ver su trabajo como emblemático de una emergente sensibilidad antirrepresiva, hoy lo repaso en estas líneas, esta vez, en una atrevida comparación con las “nuevas ideas” alemanas de ente insecuritas (quienes aúnan muchos factores de riesgo serios para la seguridad) y derecho anti insecuritas (derecho encargado no sólo del control, sino también de la exclusión y neutralización del ente insecuritas.)
Michael Focault (1926-1984) se encontraba en el pais norteafricano de Túnez cuando estallaron las revueltas del mayo frances de 1968. Por aquel entonces, tenia la sensación de que toda esa agitación estaba anunciando una revolución de la vida cotidiana y llegó a declarar (En “Le Nouvel Observateur”) que los estudiantes no estaban haciendo una revolución sino que, eran la revolución. En otoño de ese mismo año, regresó a Francia. La primavera parisina habia dejado una herencia de conflictivivdad y radicalidad que empapaba toda la sociedad. Qué paradoja. Salvando las distancias que el lector me disculpará, en mi interior siento, quizas, el mismo estupor frente a la oleada de transformaciones que intentan perfilar cada vez más al derecho penal como instrumento protector de la seguridad general y perseguidor de toda posible inseguridad.
Allí también el enemigo principal, eran los moderados como él, ni institucional ni alternativo o “anti-sistema”. Su espiritu hacia bandera de una actitud critica radical, que insistia en el valor de la verdad. Como es natural, la irrupción de nuevas preocupaciones no implica la caducidad automática de las antiguas. Hoy, como ayer, tropezamos con el fantasma del autoritarismo. Su nuevo disfraz “es presentado por las políticas criminales respectivas, al mismo tiempo como un peligro a temar, como un riesgo construido, como una situación de peligro a dominar, como un extraño sin subjetividad y sin derecho, como un enemigo a vencer.” (Bohm L. 156-180:2012) No es una situación de excepción o de emergencia, se caracteriza por la habitualidad, por un modo de ser. Los problemas que acarrea son de diversa índole, circunscribiéndome en esta oportunidad, al hecho de la CONSTRUCCIÓN, por el derecho, de tales indeterminaciones.2
El sistema penal sustituye el castigo de actos criminales por la creacion de la figura de un individuo peligroso para la sociedad, sin tener en cuenta el verdadero crimen. Y de esta forma, se prefigura una sociedad de peligros.3 Foucault proporciona una útil analogía con la homosexualidad, que pasaria a ser una especie de peligro errante, de fantasma. La ocasión para el control de la sexualidad estaba servida. Por un lado estaban –¡e insisten en que estan!- los que se encuentrran en peligro y, por el otro, los que llevan el peligro con ellos...

II. PLANTEO

En realidad, por más que la tolerancia en cuanto tal apenas aparezca tematizada en la obra de Foucault, podria afirmarse, sin temor a incurrir en exageración, que al menos uno de los hilos conductores que la recorre por entero tiene que ver, de manera clara, con este asunto. Porque, en efecto, si algo parece definir el vínculo social es precisamente su DIMENSION INTERSUBJETIVA. Pues bien, es precisamente el concepto de subjetividad -convocado, en ocasiones, a través de otros rótulos como “individuo”, “yo”, “sí mismo”, pero que en todo caso recogen el grueso de sus determinaciones- el que según estimo, constituye uno de los ejes criticos de la propuesta foucaultiana, de tal manera que, su despliegue y evolución pueden ser leidos como el desplazamiento de su mirada alrededor de este asunto.
Una fugaz referencia al pensamiento de Foucault resulta, tan inexcusable como ilustrativa. Veamos. A la hora de analizar el conjunto de su obra, se suele distinguir en ella tres etapas, correspondientes a tres intereses intelectuales definidos: una primera arqueológica (centrada en el análisis del discurso, principalmente el discurso psiquiátrico sobre la locura y a la que pertenecerían “Historia de la locura”, “El nacimiento de la clinica”, “Las palabras y las cosas”, “La arqueologia del saber”); una segunda etapa genealógica (en la que se centra en el análisis de los dispositivos de poder y de cómo el discurso produce y transporta poder, en la que se incluiria desde su lección inaugural en el College de Fr4ance en Diciembre de 1970 hasta el primer volumen de “Historia de la sexualidad”, pasando por “Vigilar y castigar”) y una tercera etapa de análisis de las tecnologías de yo (a las que se adscribirían los volúmenes segundo y tercero de la “Historia de la sexualidad”, asi como, muy destacadamente, sus textos norteamericanos sobre dichas tecnologias) O, si se prefiere expresar en forma interrogativa los objetos de estos tres momentos: ¿Qué puedo decir?, ¿Qué puedo hacer? y ¿Quién soy?, por utilizar la paráfrasis de las tres preguntas kantianas presentadas por G. Deleuze en su “Foucault”. (Deleuze, 1987)
Repárese en que el yo nunca deja de estar presente, si bien en la sombra o egocéntricamente en la tercera etapa. Planteando la cuestión de una forma un tanto sumaria se podria afirmar que, en realidad, Foucault se dedica a los largo de sus dos primeras etapas a intentar dibujar las condiones -teóricas y prácticas- de posibilidad de la subjeividad; etapas que terminan por desembocar en la tercera, en cual ya se aborda de manera explícita la naturaleza de la instancia subjetiva. No se trata, claro esta, de que el autor piense que la primera persona (individuo) constituye la última instancia de enunciación, más allá de la cual no resulta posible ir, sino de que su interés por desembocar en dicha instancia tutela o monioriza el discurso, incluso cuando no se alude expresamente a ella. Lo que es como afirmar que para Foucault, la subjetividad representa el objeto teórico privilegiado, en muchos momentos invisible -por oculto- de la totalidad de su pesquisa; objeto que alcanzará visibilidad reflexiva al llegar a la última etapa.
Pero, a la vez, ello también significa que dicha explicitación final en modo alguno puede interpretarse en términos de reconciliacion de lo real y su concepto, como si, definitivamente el yo hubiera ganado la batalla a sus criticos y ya pudiéramos abandonarnos a hablar en primera persona, con la ufana autosuficiencia del que ha recuperado la soberanía perdida... Para Foucault, también entonces la subjetividad sigue siendo el resultado de un conjunto de prácticas y procesos sociales (procesos de subjetivación, precisamente) Mantener la existencia y la importancia del yo es cosa muy distinta a considerar que cada uno es el mejor intérprete de sus propios actos, quien mejor se conoce y, menos aún, el que se ha hecho a sí mismo.
Estas afirmaciones no estan exentas de consecuencias. En definitiva, lo que se predique acerca de la subjetividad no podrá por menos que afectar lo que se pueda predicar acerca de la tolerancia. A fin de cuentas, en qué instancia sino en la subjetiva puede residenciarse la experiencia de tolerancia del otro?
Procedamos ordenadamente. La afirmación según la cual en su primera etapa lo que pretende Foucault es dibujar las condiciones teóricas de posibilidad de la subjetividad implica un supuesto teórico nada obvio, que contribuyó enormemente a su notoriedad. Me refiero al supuesto que atribuye la condicion de CONSTRUCTO a elementos tenidos por -o tratados como- REALIDADES DADAS hasta ese momento. El caso en el que la aplicación de dicho supuesto dio lugar a un mayor alboroto en el panorama filosófico del momento fue el de la discusión foucaultiana con el humanismo. El hecho mismo de que en las obras de la primera etapa se planteara la cuestión de cuándo surge el hombre del humanismo, estaba mostrando esa condición de producto, y por tanto contingente, histórico, distinto de una instancia tenida por casi sagrada del discurso occidental moderno.
Fue esa condición “cuasi” sagrada la que impidió a tantos intérpretes comprender de manera adecuada la propuesta de muerte del hombre propugnada en “Las palabras y las cosas”. La muerte propugnada, claro esta, sólo podia serlo del concepto en cuanto nudo epistémico, en cuanto obstáculo para un verdadero conocimiento: “El hombre es una invención cuya fecha reciente muestra con toda facilidad la arqueología de nuestro pensamiento. Y quizá también su próximo fin” (Foucault, 375:1968) De ahí que Foucault se revolviera, inquieto, ante las interpretaciones desenfocadas de su tesis. La fragilidad del concepto, deriva de su condición hitórica. Lo que se afirma es que, si las disposiciones fundamentales del saber en que la idea de hombre se fundamenta oscilaran, como osciló a fines del siglo XVIII el suelo del pensamiento clásico, entonces “podría apostarse a que el hombre se borraría, como en los límites del mar un rostro de arena.” (Ibidem)
No resulta en absoluto difícil de comprender por qué su tesis, tan caracteristica de la etapa arqueológica, según la cual el loco5 o el homosexual deben ser presentados como “objetos del discurso”, resultó enormemente revulsiva en su momento. En la medida en que cuestionaba directamente figuras tenidas por naturales (incluso en su carácter patológico) indirectamente estaba probando la condición artificiosa de constructo de las posisiones de discurso tenidas por obvias e incuestionables (como la representada por las personas llamadas normales, esto es, cuerdas y heterosexuales.)
Es decir, Foucault afirma que el (concepto de) hombre es una invención reciente o, en negativo, que el hombre no es el problema más antiguo ni el más constante que se haya planteado el ser humano. (En contra de lo que se empeñaban en creer los humanistas del sector racional-metafísico.) Agregando a eso de: invensión reciente, que carece de consistencia y que ha comenzado -ya afirmaba en su tiempo- a dar signos de crisis…
Así escribía en 1971: “Entiendo por humanismo el conjunto de discursos por medios de los cuales se le ha dicho al hombre occidental: si bien tú no ejerces el poder, puedes sin embargo ser soberano. Aún más, cuanto más renuncies a ejercer el poder y cuanto más sometido estes a lo que se impone más serás soberano.” (Foucault, 34:1979) El humanismo es el responsable de la invensión sucesiva de soberanias donde se repite el mecanismo designado por la misma equivocidad del término sujeto según se conjugue con el verbo ser o estar: soberano y sometido.
El humanismo agita el señuelo del ser para ocultar la realidad del estar. Interpela a los individuos con un reproche: ¿qué más quieres conseguir, si ya lo eres todo? (finalmente, hijo de Dios) Y tras esa interpelación se esconde un veto: prohibido querer el poder.
Foucault, consecuente con esta actitud práctico-política se plantea la necesidad de hacer saltar el cerrojo impuesto al hombre occidental por el humanismo. Cosa que se traduce -ademas de, por supuesto, en la decidida participación en la lucha política en tanto que lucha de clases, donde lo que se persigue es el desometimiento de la voluntad al poder- en librar una batalla en el frente de la lucha cultural, donde el esfuerzo irá en la dirección de intentar la destrucción del sujeto como pseudosoberano, sin recluir señalar algunos objetivos concretos: “supresión de tabúes y separaciones sexuales; práctica de la existencia comunitaria, deshinibición respecto de la droga, en suma: ruptura de todas las cadenas (prohibiciones) mediante las cuales se reconstruyen y reconducen las experiencias que nuestra civilización ha rechazado.” (Ibidem)

III. REFLEXIONES

En el siglo XIX, reconozcamos, Foucault reinventó sin duda las libertades, les dio un subsuelo profundo y sólido: la sociedad disciplinaria de la que dependemos. No accederemos a una auténtica critica histórica del presente hasta que no percibamos esto o, planteado a la inversa, hasta que no seamos capaces de retener el momento de la descalificación del pasado a que nos invita permanentemente el autoritarismo, mutando de disfraces. Entender los mecanismos que han posibilitado que seamos lo que somos pasa por introducir una cuña de sospecha en el corazón de las presuntas verdades presentes. No es fácil, y en parte ese es el sentido de la tarea foucaultiana: proponernos una metodología de la perplejidad6 (Con sus términos: experimentar hasta qué punto es posible penser autrement.)
Hay un énfasis que no cabe pasar por alto y que, en la medida en que el propio autor no tuvo la oportunidad de desarrollarlo, no queda más remedio que dejar abierto. El problema que tenemos planteado hoy es a la vez político, ético, social y filosófico. Consiste en liberarnos nosotros de las formas de individualización con que nos relacionamos con el Estado. Rechazar de plano que la individualidad nos sea impuesta; lo cual implica, desde lo teórico, rechazar de plano toda intromisión de la discusión acerca de “seguridad” en el derecho penal, pero que asimismo nos obliga, en el nivel de las prácticas y mecanismos institucionales, a algo que parece más importante: promover nuevas formas de subjetividad, donde quepa la mentada tolerancia, como tecnología del yo, en la construcción del “nosotros”.  Ahora bien, “nuevas formas de subjetividad”, ¿debe incluir definiciones de presuntas identidades peligrosas, en clave clasificatoria de diferentes modos de ser, o implica precisamente una subjetividad libre de etiquetas de cualquier tipo? ¿hasta qué punto podemos residenciar en nuestra subjetividad una experiencia de tolerancia del otro?

III a) Problema aparente y problema real:
Lo que acabe siendo considerado como identidad del ente insecuritas, es el resultado de una construcción discursiva y de un conjunto de prácticas que transforman en una sujetividad específica las experiencias de los individuos.
El problema aparente -con cierta perspicacia y en idéntica gramática foucaultiana- es el de que a qué específica identidad, en un mundo crecientemente subjetivizado por las teorias del riesgo, refieren los denominados “entes”. Esto es, cuál es su contenido, su sí mismo. Ya sabemos que la producción de esa subjetividad puede darse a traves de una multiplicidad de vias, absolutamente arbitrarias por cierto. Y también sabemos, gracias a Foucault, que la subjetivación es la producción de modos de existencia o de estilos de vida. El discurso del ente insecuritas viene a ser entonces, la expresión más acabada de la arbitraria selección del estilo de vida indeseado para el grupo dominante en turno. El sujeto es desubjetivizado, convertido en extraño y desprovisto de sus derechos. Aquello de ser sujeto de derecho, es mera queja de bandoneon…
Ello implica un significativo desplazamiento elocuente de la perspectiva, quizas en línea histórica con el cambio en la forma de castigar: de hacerlo sobre el cuerpo, a hacerlo sobre el alma, y ahora la vanguardia parece ir hacia desubjetivar al sujeto. Es un “ente”. Personaje nuevo, invención reciente… Un recorte conceptual de la figura irreal de “lo peligroso” que es forzado a abarcar lo real. Donde sólo ha de haber soporte jurídico sobre determinados “actos”, ahora irrumpe una identidad anónima. No son las brujas, herejes, locos, homosexuales o inmigrantes, y son todos ellos al mismo tiempo. Nada obsta a que -y es un lamentable aprendijaje jurídico y moral de la humanidad- el que se dice hoy ser el principal destinatario del poder punitivo: el terrorismo, el crimen organizado; termine siendo la válvula de ingreso de otras categorías, ampliando el horizonte de punibilidad, a contrapelo del deseado reduccionismo. Asi como en la gastada dicotomía normal/patológico, el contenido que haya de darse a lo “normal” esta lejos de ser evidente; aquí otra vez, pero de un modo “moderno”, decir: peligroso/no peligroso, nos coloca en el mismo pantano. Repárese en la similitud, nada irrelevante. Aunque mucho más irracional, y por ello, repulsiva.
El problema real, en cambio, es quién hace aquel recorte, quién rellena el contenido. Humpty Dumpty decia: “La cuestión no es el significado de las palabras; lo realmente importante es saber quién manda.”
Pensemos, en concreto y para clarificar la idea, en la función del insulto. Aquello que irritaba a Foucault -el término “homosexual”, dirigido a sujetos de elecciones sexuales diferentes- es hoy ampliado sin fronteras simbólicas (por qué no, inexcrupulosamente) al término “ente”, dirigido a todo el mundo, a todos o a cualquiera.
Como ha señalado Didier Eribon: “…lo que la injuria me dice es que soy alguien anormal o inferior, alguien sobre el que el otro tiene poder, en principio, el poder de injuriarme. La injuria es pues, la expresión de la asimetría constituyente, en la que el “peligroso” o el “ente”, como lo fuera el loco o el homosexual antaño, es creado como el otro infame, sujeto de la sin razón.” (Didier E, 12:2000) El que insulta, en cambio, esta en un lugar a salvo de cualquier ataque, critica o reproche porque es precisamente el lugar desde el cual se puede hablar... Toni Morrinson, premio Nobel de Literatura, dijo: “El lenguaje de la opresión hace más que representar la opresión: es la opresión.” En este punto, los planteamientos foucaultianos, junto a Eribon, conectan con los del interaccionismo simbólico. La injuria, en efecto, es lo que en la jerga se denomina un enunciado performativo, esto es, un enunciado cuya función es producir efectos y, en especial, instituir la separación entre iguales, separación de los estigmatizados (Goffman E. 1986) La injuria es una modalidad de hacer cosas con las palabras, dice lo que alguien es en la misma medida en que le hace ser lo que se le dice. (J. L. Austin)
En el segmento del acontecer jurídico-social bajo análisis, el insulto parte del propio Estado de Derecho democrático, transcurre por los canales del orden constitucional regular, a traves de sus instituciones, reinterpretando los conceptos de seguridad y libertad, estirando desfachatadamente el principio de lesividad penal y de estricta legalidad hasta abarcar todo aquello que pueda insegurar a la sociedad. Sin límites, por cuanto, como se dijo, el Estado tiene la facultad performativa de definir el contenido del injusto penal, a la medida de su criteriosa selección. Destáquense aquí las palabras de la Dra. L Bohm: “Un derecho penal que tiene por fin “seguridad” se coloca en la situación de tener que actuar ilimitadamente. Cada limite a su actuación es leido como una renuncia a ese fin. Este es el problema nuclear del ilimitado, agresivo y difuso derecho ante-insecuritas.”
Por lo tanto, la injuria es el derecho anti insecuritas en sí mismo. Al decir de la Dra. L. Bohm, habrá que revisar los componentes discursivos que atraviesan el derecho penal asi como la función del derecho penal en su conjunto.

III b) Ineludible alusión a la libertad, del otro
El respeto por la libertad del otro debe recuperarse, para poder hallar seguridad en la convivencia social. Pero su medio de “recuperción” no es, definitivamente, la intervención penal irracional. (Derecho penal como medio para obtener el fin: seguridad)
Por citar un ejemplo, en el marco del debate por bajar la edad de imputabilidad de los menores como medio para disminuir la inseguridad, dijo Roy Cortina: “si
queremos resultados concretos contra la inseguridad, soy partidario de
discutir más la erradicación del trabajo infantil, una ley de empleo joven y la
ampliación de la asignación universal que la baja de la imputabilidad”. (En Clarín, 27/01/2011, “Carrió: ´Cristina nunca quiso bajar la edad de imputabilidad´”) En el mismo sentido, M. L. Bohm afirma que: “En definitiva, y al contrario de lo sugerido por quienes favorecen la reforma, las experiencias, tendencias y resultados en otros países indican que bajar la edad de punibilidad es retrógrado y perjudicial a los intereses del niño, del joven, y de toda la sociedad. (…) el Estado debe proteger al menor (…)” (En Clarín, 29/01/2011, “Falacias sobre edad de castigo”)
Eso que nos obstinamos en llamar libertad, ni esta representándonos en ningún exterior (como sucede en el modelo en el que alguien desde fuera viene a decirnos como debemos ser o como tenemos derecho a vivir) ni esta en el sagrario de una profunda intimidad (como ocurre en la versión según la cual algo desde dentro nuestro nos lleva a comportarnos de determinada manera) Foucault intenta superar este esquema imposible sugiriendo la noción, de inspiración inequivocamente visual, del pliegue (Deleuze G. 74:1987) Un pliegue es un interior hecho de exterior. Plegamos el exterior cuando en la relación que mantenemos con nosotros mismos aceptamos o rechazamos, asociamos, elegimos o combinamos modos diferentes de acción. Asi conducimos nuestra conducta y somos artifices de esa conducción. Es en eso en lo que se sustancia la tan manoseada idea de libertad.
La invocasión a la pasión con la que se vio bruscamente interrumpida su obra (Recuérdese que murió a causa del virus HIV), era una invocación luminosamente desesperada: o habilitamos un pliegue para la vida o quedamos convertidos en puro exterior, aplastados bajo el poder, adheridos a sus contornos, convertidos en cajas de resonancia de sus designios. Desengañémonos. Eso que tildan de “amenaza” ha creado nuevas complicidades, una ternura nueva, nuevas solidaridades. La libertad del otro se consagra en mi tolerancia, sin la cual, aquella queda abstracta.
?
IV. CIERRE

En gran parte, como no podia ser de otra manera, el lector habrá intuido la relación de verdad de las reflexiones precedentes con la praxis de las políticas criminales en Argentina, en tanto objeto de estudio específico, a fin de colaborar en el mejor entendimiento del problema criminológico actual: el aumento de la inseguridad del sistema penal.
La tesis foucaultiana según la cual no son los individuos los que tienen experiencias sino esas experiencias las que producen sujetos, afecta directamente la pretención de llevar a cabo una política criminal de tolerancia jurídica de la desviación, y no una política de seguridad deshumanizante.
En buena medida, con todo lo que ello implica, a la estricta lógica foucaultinana respecto de la evidencia de cuánto tiene de frágil la sujeción y cuánto tiene de espejismo la soberanía, he sumado cuánto tenemos por ganar si inauguramos una dimensión intersubjetiva signada por la tolerancia vis a vis la libertad.




BIBLIOGRAFÍA

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Canguilhem, Georges (1976), El conocimiento de la vida, Barcelona: Anagrama.
Canguilhem, Georges (2004), Escritos sobre la medicina, Buenos Aires: Amorrortu.
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Canguilhem, Georges (2005b), Ideología y racionalidad en la historia de las ciencias de la vida, Bs. As.: Amorrortu.
Deleuze, Gilles (1987), Foucault, Barcelona: Paidós.
Didier, Eribon (2000), Identidades, Barcelona, Anagrama.
Foucault, Michel (1968), Las palabras y las cosas, Mexico, S XXI.
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Foucault, Michel (1979), Más allá del bien y del mal, en Microfísica del poder, Madrid, La Piqueta.
Foucault, Michel (1997), «Il faut defender la société», Paris: Gallimard-Seuil.
Foucault, Michel (1999), Les anormaux, Paris: Gallimard-Seuil.
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Foucault, Michel (2004), Naissance de la biopolitique, Paris: Gallimard - Seuil.
Foucault, Michel (2007), “La vida: la experiencia y la ciencia”, en Ensayos sobre biopolítica. Buenos Aires: Paidós.
Goffman, Erving (1986), Estigma, Bs. As., Amorrortu.
Jarauta, Francisco (1979), La filosofía y su otro (Cavaillés, Bachelard, Canguilhem, Foucault), Valencia: Pre-textos.
Legrand, Stéphane (2007), Les normes chez Foucault, Paris: Puf.
Morey, M. (1990) Introduccion a M. Foucault “Tecnologias del yo”, Barcelona, Paidos.
Veyne, Paul (2008), Foucault. Sa vie, sa personne, París: Seuil.

Otros:
https://observatoriojovenes.com.ar/
“Minority Report”. Películas Youtube. Online. Dirección: Steven Spielberg. USA. 2002
Interpretación: Tom Cruise (Detective John Anderton), Colin Farrel (Danny Witwer) Guión: Scott Frank y Jon Cohen; basado en el informe de la minoria de Philip K. Dick.



1 Sobre filosofía “del otro” ver  RICOEUR, P., Tiempo y narración I. Configuración del tiempo en el relato histórico. Cristiandad, Madrid, 1987, p. 46. El tiempo contado, Revista de Occidente, no.76, 1986, p.48. y La vida: un relato en busca de narrador, en RICOEUR, P., Educación y cultura, Docencia, Buenos Aires, 1986.

2 Destaco aquí la “securitización” como instrumento de creación y -para el- combate del otro. Securitización, por M. L. Bohm, 2013.

3 Desprestigiando con incredulidad risueña, cuando no burlándose, de la cosmovisión del riesgo, el citado autor decia: “Pero, quién le puede temer al sida si, finalmente todo es peligroso, incluso el cruzar la calle?” Siempre polémico. Basculante entre una ligereza poco responsabe y una reserva secretista. Derecho Penal del Riesgo en “La nueva penología: notas acerca de las estrategias emergentes en el sistema penal y sus implicaciones”, por M. Feeley y J. Simon, 1998.
4
5 “La locura no existe en estado salvaje. Sólo existe dentro de una sociedad. No existe fuera de las formas de sensibilidad que la aislan y de las formas de repulsión que la excluyen y capturan.” Foucault M. en “Le Monde” 22/07/1961.
6 La tercera etapa foucaultiana introduce correcciones de importancia en la empresa señalada. Ha sido explícito al respecto al afirmar: “Quizas he insistido demasiado en el tema de la dominación y el poder. Cada vez estoy más interesado en la interacción entre uno mismo y los demás, así como en las tecnologías de la dominación individual, la historia del modo en que un individuo actúa sobre sí mismo, es decir, en la tecnología del yo.” (Foucault, 49:1990)

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