Encabezado eft
¿Aprenderemos la lección o seguiremos con la "birome, el dulce de leche y el colectivo"?

       

Brasil: la euforia equivocada
Fuente: Muirada Global, 06.09.2013
   
Las recientes protestas ciudadanas en diversas ciudades responden a la evidencia cada vez mayor de cómo la corrupción está dificultando los avances hacia la justicia social.
Maria Clara Lucchetti,  Teóloga. Artículo publicado en revista Mensaje de Chile, www.mensaje.cl

No veía esto desde hacía mucho tiempo... Vi y participé en las manifestaciones estudiantiles de los años sesenta. Lloré con gas lacrimógeno y vi a los caballos en los que montaba la policía avanzando con fuerza hacia los estudiantes entre quienes me encontraba. Viví hace unos años las elecciones directas en Río de Janeiro, cuando un millón de personas exigía “¡Directas, ya!”. Vi también a mi hija adolescente, ¡con el uniforme del colegio y la cara pintada, gritando “¡Fuera, Collor!”, en el movimiento ciudadano que terminó con la caída del presidente Fernando Collor de Mello en 1992. Pero desde entonces no había visto nada más... hasta ahora. Cuando pensábamos que la posmodernidad había transformado a la juventud en mera consumidora pasiva de objetos e ideas prefabricadas, he vuelto a ver a los jóvenes llenando las calles. Marchando, protestando, gritando. Lamentablemente, cometiendo también actos violentos (cuando las calles se llenan y la población las ocupa defendiendo sus derechos, eso muchas veces sucede).

Es evidente que la violencia nunca es buena. Pero no olvidemos que la violencia es siempre, o casi siempre, generada por otra violencia. Pues, ¿hay violencia peor que verse obligado a dejar de alimentarse para poder llegar al trabajo? ¿O trabajar para ganarse una vida en la que se está obligado a escoger cuál satisfacción de las necesidades básicas deberá postergarse? ¿O tener que tomar dos o tres transportes llenos, sin mantenimiento ni seguridad, para llegar al lugar de trabajo cuando aún no amanece? ¿Y repetir por la noche esa terrible gimkana?

Es bueno que la juventud no haya perdido la capacidad de indignarse y exponer su insatisfacción en la plaza pública. Es bueno observar que los indignados no se expresan solo en Chile o en Wall Street. Están aquí y ahora; están presentes cada vez que su paciencia se agota. En el caso brasileño, el detonante fueron recientemente los centavos adicionales que aumentó la tarifa del bus urbano, señal del retorno de la amenaza de la inflación. Las dueñas de casa ya lo habían sentido: en el supermercado, en el costo de los alimentos y en muchos artículos de necesidad que, súbitamente, difícilmente podían ser costeados por sus bolsillos. Todos nosotros, asalariados de por vida, estábamos acostumbrados a sentir que nuestras remuneraciones no crecían en la misma proporción que los bienes y servicios que requeríamos. Y ahora la nueva clase media, capaz de un mayor consumo, también ha sentido la mordida del dragón de la inflación y defenderá sus recientes conquistas con uñas y dientes. Contra todo y contra todos. Con los acontecimientos que han repletado las calles desde junio pasado en São Paulo y otras capitales del país, se pone meridianamente en claro que se acabó el sueño de un Brasil de pleno empleo y crecimiento exponencial. Es cierto que contamos con un país lleno de potencial, que ha crecido y obtenido metas importantes. Pero se mantienen las dificultades y las metas pendientes.

INSATISFACCIÓN EN EL ALMA DE TODOS

El Movimiento Pase Libre comenzó por reivindicar la gratuidad en el transporte público. El hecho de que los ciudadanos acomodados tengan dos coches para cada miembro de sus familias y que turnen sus vehículos para evitar restricciones, haciendo que las calles se transformen en un caos intransitable, no puede ser considerado un sinónimo de riqueza. Esta existiría si los hijos de la clase media alta usaran un transporte público de buena calidad, con seguridad y tranquilidad. Y lo hicieran junto a los trabajadores, junto a los ciudadanos comunes y corrientes, y junto a los pobres. Si eso ocurriera, las calles volverían a ser espacios transitables. Pero más allá del “pase libre” se abren otras discusiones y tareas pendientes. La de la educación básica, que nunca ha estado bien resuelta. La de la salud, que continúa sin tener la atención prioritaria que debería. Y hay muchas otras. El reto de la corrupción, por ejemplo, nunca abordada debidamente.

El hecho es que la juventud brasileña está expresando la insatisfacción que habita en el alma de todos los brasileños. Lo está haciendo con una fuerza que no puede dejar de ser oída. La presidente Dilma Rouseff habló en tono positivo sobre “oír la voz que viene de las calles”. El prefecto de São Paulo, Fernando Haddad, terminó por atender los reclamos de los manifestantes en cuanto a las tarifas de los autobuses, abriéndose paso a una solución en esa y otras ciudades.

EL ORGULLO DE SER GIGANTES

El “tsunami” que estalló en las calles de las principales ciudades brasileñas nos hizo despertar de un sueño engañoso y levemente irresponsable. Estábamos tan acostumbrados a lamentarnos de todo cuanto ocurría en nuestro país...

El complejo de “perro callejero” del que hablaba el nostálgico crítico y escritor, ya fallecido, Nelson Rodrigues nos tenía dominados y nos transformaba en una nación de autoestima muy baja. Todo lo que era extranjero “era mejor, merecía más confianza y tenía superior calidad”.

La era encabezada por el presidente Luis Inázio Lula de Silva nos devolvió, sin duda, el orgullo de ser gigantes. La economía empezó a caminar bien, los pobres mejoraron su calidad de vida. El carisma del ex mandatario nos dio visibilidad y el buen desempeño económico de su gobierno conquistó credibilidad internacional a la par que mejoraban los índices de crecimiento. El discurso de la izquierda, finalmente victoriosa tras tantas derrotas y que prometía un Brasil más justo, nos llenaba de esperanza.

Tan embobados estábamos, que las denuncias de corrupción que se vincularon a prácticamente todos los hombres importantes del gobierno de Lula no consiguieron empañar nuestra euforia. Pero, racionalmente la realidad se abría, aterradora, delante de nuestros ojos.

Ni siquiera el llanto desconsolado de los idealistas de primera hora, como el diputado Chico Alencar y la senadora Heloisa Helena; ni la salida de algunos de los más consistentes colaboradores del gobierno, como Fray Betto, ni la caída llena de dignidad de Marina Silva del Ministerio del Medio Ambiente, nos convencieron de que en medio a todas las positivas conquistas había algo negativo.

Y seguimos adelante. País de triunfadores: ganamos el Mundial de fútbol, las Olimpiadas contra Chicago y Madrid. Viajamos como nunca con un dólar barato. Asumíamos que los recursos nos llegarían constantemente, fortaleciéndonos para administrar un futuro que preveíamos brillante. Y reelegimos a Lula. Y luego a Dilma. Pero, de repente, ni el carisma del primero ni la seriedad de la segunda consiguieron detener la insatisfacción que afloraba, que se manifestó violentamente y acabó estallando en los últimos meses. Fue como un disparo certero en nuestra euforia que pretendía resistir y superar incluso el juicio crítico de los medios de comunicación que se ocupaban de golpear diariamente al Gobierno.

RELEER LA REALIDAD NACIONAL

Ahora el estallido que viene de las calles, con toda su ambigüedad, que expone demandas justas y urgentes y que se muestra junto a actos de violencia y destrucción de patrimonio público y privado, nos obliga a releer todo lo que nos ocurre como país. Esta es una tarea que debemos hacer buscando modestamente aprender de lo que pasó.

Una primera lección es que la cercanía al poder es un desafío ético inmenso. Poder y ética difícilmente consiguen convivir sin concesiones falsas y dañinas a la dignidad y a la equidad. Es extremadamente desafiante y duro para quien accede al poder, bajo cualquier forma y cualquier grado, mantener los ideales y las promesas anteriores y no ceder a las presiones y a las tentaciones que obnubilan el discernimiento. Por eso es vital tomar clara conciencia de que nos encontramos apenas situados en la democracia que las calles exhiben y piden. Cuando se pasa del espacio público a los salones de las reuniones políticas, se observa el imperio de la colusión, el embuste o las alianzas espurias. Se observa un olvido casi total del bien común para legislar. Aprender a manejar el poder es un desafío siempre presente, que las calles han hecho más evidente en estos últimos tiempos.

La segunda lección es que la violencia puede corromper y desvirtuar el más noble de los ideales. El hecho de que las manifestaciones y protestas abandonen su cariz pacífico es muy preocupante. Así sucedió con la Primavera Árabe. Eso no puede ocurrir con Brasil. Solo esperamos, por lo tanto, que las manifestaciones se reencuentren con su forma adecuada: que haya indignación, pero que se manifieste de manera pacífica y ordenada. Que no haya desórdenes, depredaciones, violencia ni heridos. Es necesaria la responsabilidad en el ejercicio de la libertad.

La tercera es saber leer en las dos direcciones el lema que marca el actual gobierno de Brasil: “Brasil: un país de todos”. El alcance de la palabra “todos” parece que fue seccionado y pasó a ser apenas algo aplicado a una parte de la población. Por un lado se aplaude, sin duda, el hecho de privilegiar a los más necesitados, cuestión que el Gobierno parece encarar con decisión. Pero en el camino entre el deseo de lograr objetivos y la posibilidad de que los beneficios lleguen verdaderamente a los destinatarios, existe el obstáculo de la corrupción. Esta desvía recursos, hace desaparecer misteriosamente fondos que no son utilizados para las finalidades importantes y, finalmente, generan frustración.

La lección es bien clara. No se consigue realmente erradicar la pobreza y la injusticia apabullando a la clase media asalariada y haciendo que esta pague la totalidad de los costos. La clase alta se mantiene bien, como siempre. Nada la perturba. La clase media debía lograr alguna alianza con las clases populares, ser la mediadora de los proyectos que debieran beneficiar a esta última. Pero se siente herida y sale a las calles para protestar. Está sofocada. No acepta ser la que deba responder por los costos del proceso. Y entonces se dirige a una de sus dos opciones: o se corrompe o protesta.

Es mejor lo segundo, ¿verdad? Las protestas de las calles están compuestas en su mayoría por trabajadores asalariados que no soportan la presión en que viven. Es necesario oírlos sin prejuicios.

Es de esperar que todo este proceso nos haga más conscientes de que en términos de desarrollo no existe magia y que no hay solución sin trabajo duro y años difíciles por delante. En ese sentido, “euforia” es una palabra vetada para quien desee profundamente que se haga justicia en el país. Esta debiera ser la lección que emana de las calles y que debe repercutir profundamente en nosotros.
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