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El trámite (la Fiesta Escolar)

El trámite (la Fiesta Escolar)

Proyecto editorial

Darío Cocetta

Redactor responsable

Normas Rozadas

 

El trámite. Lector, lectora, si usted está deprimido por lo que le pasa. Si en una de ésas, siente que los sueños ya se han ido, que nunca más volverán. Que no se puede vivir…..Deténgase un instante, y escúcheme un rato nomás.

Yo me encontraba así, una de esas mañanas. Alguien (un viejo amigo) me había comentado algo que hacía de vez en cuando, cuando se le perdía el rumbo o los sentidos en la vida, y trataba de llenarse precisamente de eso,… de vida. Hice memoria y me preparé.

La noche anterior, ante ese vacío que suele provocársele muy seguido a uno  en la ciudad…. lo recordé. Así, que avisé al trabajo que iba a llegar tarde, que tenía todo ordenado y que tenía que hacer un trámite que solo se hace de mañana. Así, le pegué el último sorbo al mate, tomé la campera y me fui para allá.

Yo me pregunté, ¿cómo hacer para que todo el pasado sea nada más que futuro?

 

El lugar. Era nueve de julio, otro nueve de julio. Eran las 7.45 a.m., y una casi imperceptible cortina de agua me mojaba la cara. El frío,  que te recuerda la humedad en las medias y en las orejas recién lavadas. La bufanda, que alguna vez te tejió quien recoge tus sueños, te abriga el cuello y el corazón. Como si fuera nada más que lo que es, un abrigo del alma.

Era la hora, así que inicié la marcha. Caminé con cierta incertidumbre, como si no tuviese mucha fe en lo que estaba por hacer. Pero caminé. Camine con la ansiedad del enfermo, que sabe que debe haber alguna cura que aún no conoce para sus males. Caminé sorteando sin suerte, las millones de baldosas rotas que te escupen sin respeto en todas las veredas de este suburbio portuario. Berisso -el lugar que me cobija- , y sus baldosas, crían gente despierta, y para que no se te olvide, siempre te recuerda que al pobre suelen escupirle seguido (y sin sentido) en la cara.

Pasé todas las calles, que llevan nombres de puertos del mundo, como si te dijeran que la vida es nada más que eso, navegar.

Pase todas las calles, hasta que llegué a esa esquina. Ostende y la Comercio, la esquina donde se levanta el viejo edificio. Es la escuela del barrio, del viejo barrio. Aunque los niños dicen ir a la escuela primaria número 3, todos saben que esa, es la vieja escuela 88.-

 

Los protagonistas. Un enorme piberío empuja para entrar, todos a la vez. Mágicamente, los chicos se comprimen hasta lo impensado y pasan por la puerta de hoja doble, y salen como disparados hacia el amplio hall que distribuye los pasos hacia las aulas. Hoy no van para allí; un pizarrón con escarapelas de papel crepe los desvía para su izquierda. A todos nos traga ese enorme salón de actos, de enormes ventanales y alejadísimos techos. La arquitectura del primer peronismo, muestra sus cabreadas de madera allá a lo lejos.

Poco a poco el salón se fue llenando. Muchos padres y madres. Muchos abuelos y abuelas. Y delante de ellos, los pibes. Los pibes endomingados y tapados por sus camperas escarapeladas. Las caras y los pelos aún mojados por la última peinada en casa. Los pibes, inquietos, incorregibles, y toda sonrisa sus caras. Por debajo de sus abrigos, laten para mi recuerdo, inmaculados e invictos, los guardapolvos blancos.-

 

El acto. Una hora me bastó. Una hora es suficiente. Le juro, lector o lectora, no sé en que momento preciso pasó lo que le cuento, pero en un instante, empecé a lagrimear. Lágrimas contenidas, y una garganta que se cerraba haciendo fuerza para ayudar a no mostrar lo que me pasaba. Sentía una emoción que me empujaba el pecho, y los ojos que se llenaban de lágrimas. Lágrimas de alegría.

Como si fuese niño nuevamente, escuché las palabras de los maestros. Y mordía los labios para no moquear. Y en esas palabras, reconocí el orgullo que sienten los que nos enseñan las primeras letras y los primeros números. Y rememoré en esas palabras, el pedido y la obligación de hacer la casa común para los que “habitamos la patria”. Y pensaba para mis adentros, si es que habré cumplido con el pedido de amor de mis maestros.

Como si fuese niño nuevamente, me reí de las monigotadas que sólo un niño puede hacer; y que sólo los niños (o quienes se sienten así) pueden disfrutar. Y me reí, del caos que provocan; y también de la impotencia de los grandes, que no pueden detener esa inagotable alegría.  Y pensé, que tan respetado ha sido y sigue siendo ese niño que aún habita en mí.

Y pude ver también, el amor con que a los niños les desean buena suerte en la vida. Y escuché que les decían, desde el corazón, que vuelvan cuando quieran.

Cuando se retiraban las banderas, sostenidas por esas manos invictas y esos enormes ojos de sorpresa, me dí cuenta. Me lo había dicho ese viejo con el que charlo siempre. Sin darte cuenta y sin quererlo, como empujado por otros, que son esos manojos de vida enfundados en guardapolvos blancos, te crece en el medio del pecho un yuyo de esperanza.

Dependerá de mí, cuidar ese brote.

Así, que…, ya sabe lector o lectora , si el mundo le pega seguido , y usted se pone flaco de sentidos y flojo de esperanzas , haga como yo esa mañana , y no falte a clase.

 

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