Encabezado eft
Democracia, equidad y desarrollo integral

La Esperanza nos anima: “Democracia, equidad y desarrollo integral”.

Con ese lema nos hemos reunido en la Ciudad de Mar del Plata, los días 28, 29 y 30 de junio.

 Hemos puesto el acento en tener una memoria agradecida por estos 30 años de vida democrática, en un camino de creciente afirmación de sus principios. A su vez, mencionamos situaciones pendientes de resolución, pero con una mirada esperanzada en la medida que los argentinos seamos capaces de incrementar el diálogo y la amistad social, en firme compromiso con los más pobres.

Recordamos, acorde con la Doctrina Social de la Iglesia, que “una autentica democracia no es sólo resultado de un respeto formal de las reglas, sino que es el fruto de la aceptación convencida de los valores que inspiran los procedimientos democráticos: la dignidad de toda persona humana, el respeto de los derechos del hombre, la asunción del bien común como fin y criterio regulador de la vida política” (CDSI, 497).

 Estamos convencidos de que debemos seguir trabajando con gran empeño para asegurar "la plena vigencia de la división de los poderes republicanos en el seno de la democracia" (Hacia un Bicentenario en Justicia y Solidaridad 2010-2016, Nº 35), esa Democracia que tanto nos ha conseguido conquistar y que hemos de cuidar cada día, y que aún necesita seguir madurando y fortaleciéndose. Creemos también que "la calidad institucional es el camino seguro para lograr la inclusión social" (Hacia un Bicentenario en Justicia y Solidaridad 2010-2016, Nº 35) a la que tanto aspiramos.

Hemos recibido con gran alegría un mensaje del Papa Francisco enviado por el Cardenal Bertone. Además de su saludo y aliento, el Santo Padre recuerda: “El papel central de la persona humana en todo el ordenamiento político, judicial y social, así como la necesidad de tutelar y promover sus derechos fundamentales e inalienables, como expresión de su altísima dignidad, para que el sistema democrático halle en el necesario patrimonio de valores humanos y espirituales una guía para su acción política y se evite así su instrumentalización por intereses partidistas y lógicas de poder”.

Se desarrollaron paneles que contaron con gobernadores, funcionarios de diversos ámbitos, legisladores, empresarios, dirigentes sindicales y miembros de diversas organizaciones sociales.

 A lo largo de los tres días se privilegió el diálogo en pos de la construcción del bien común. Queremos reafirmar que “la promoción de políticas públicas es una nueva forma de opción por nuestros hermanos más pobres y excluidos” (Hacia un Bicentenario en Justicia y Solidaridad 2010-2016, Nº 18). Ello nos insta a ser parte, a comprometernos cada vez más en la consolidación de la Democracia promoviendo nuevos estilos de liderazgo.

Se trabajaron paralelamente en cuatro mesas temáticas: Problemáticas de la tierra, Organizaciones Sociales y partidos políticos, Jóvenes y familias y Fe como compromiso público. El debate giró en torno a los logros y desafíos en el marco de la conmemoración de los 30 años de la Democracia.

Destacamos de manera particular la participación de numerosos jóvenes a quienes queremos acompañar y alentar en su compromiso social y político. Ellos son una auténtica fuerza de cambio social.

La esperanza nos anima.

Seguimos trabajando por el bien común.

 

Homilía en la Misa de cierre

Comenzábamos este pasaje del Evangelio de san Lucas con estos reglones, "cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén". Su Pascua fue fruto de una opción, de una decisión, no es que lo agarró de casualidad el tiempo pascual en Jerusalén. Sabía el Señor que quería en ese contexto entregar su vida, cumplir la misión que el Padre le había encomendado.

La cena pascual en la que el Señor instituye el mandamiento del amor, instituye la eucaristía, instituye el ministerio sacerdotal, como un anticipo de lo que sería en las horas siguientes su ser llevado preso, condenado, torturado y muerto para resucitar al tercer día. Era la cena pascual que evocaba la liberación del pueblo de Israel de Egipto. Si nos acordamos, el jueves Santo el pasaje del Evangelio que leemos o en alguna de las celebraciones del Corpus Christi nos hacen con la imaginación ver a estos hombres, los apóstoles junto a Jesús, sentados en el piso, recostados en almohadones, compartiendo la cena pascual que era el modo de comer que tenían los nobles, no en una mesa, sino recostado en el piso sobre almohadones. Este era el mandato que el pueblo había recibido de parte de Moisés. Leemos en el Antiguo Testamento que cuando Moisés instituye por orden de Dios la Pascua como celebración anual, hay un relato muy lindo que, previendo que esto se hiciera de generación en generación, Moisés le dice al pueblo, "cuando tu hijo te pregunte: ‘¿papá, por qué estamos celebrando esto?’ Vos le vas a decir, ‘porque éramos esclavos en Egipto y Dios nos liberó con mano fuerte y brazo extendido’ ".

La cena pascual era una cena que evocaba la liberación. La fe del pueblo de Israel primero fue confianza en un acto liberador de Dios y después se fue formulando dogmáticamente a lo largo de los siglos. Pero lo que está en el origen de la fe de Israel, es el hecho liberador y esto era lo que se celebraba en cada Pascua. Y en ese contexto es que Jesús nos entrega el mandamiento nuevo del amor. Por eso San Pablo, en la lectura que escuchábamos en segundo lugar, le hace a los Gálatas caer en la cuenta de que ellos fueron liberados por Cristo, Cristo ahora es el que libera al pueblo de la muerte y del pecado. Cristo es el que nos liberó.

Por eso San Pablo se apena cuando ve que los Gálatas están cayendo de nuevo en esclavitud, se apena cuando que ve que ellos en lugar de vivir en esta libertad que nos obtuvo Cristo, se dejan llevar por el morderse unos a otros, que termina en riesgo de ser destruidos, de destruirse mutuamente. Nosotros que estamos concluyendo esta Semana Social y leyendo estos pasajes bíblicos, podemos tomar esta enseñanza también para nuestra vida de fe. Si nosotros no ayudamos a una verdadera liberación integral de todo lo que oprime a la persona humana, no estamos predicando la fe judeo-cristiana. Nuestra fe no es una fe espiritual para vivir encerrados en la sacristía o en este espacio donde ahora estamos rezando. Nuestra fe nos lleva a vincularnos con el mundo, nos lleva a ser testigos de esta liberación que nos obtuvo Cristo en la cruz. La Pascua de Cristo es un acontecimiento liberador para la humanidad, y nosotros siendo testigos y artífices de esta liberación predicamos el evangelio y hacemos que se haga carne en cada acontecimiento, en cada comunidad, en cada barrio, en cada ciudad, en cada lugar de nuestra Patria y del mundo entero. Una actividad que sin duda tiene sus riesgos y sus dificultades, y por eso el Papa Francisco nos insiste mil veces: "prefiero una Iglesia accidentada antes que una Iglesia enferma"; enferma de encierro, enferma de auto referencialidad. Nosotros entonces celebramos nuestra fe, renovando nuestro compromiso con el amor de Dios. Por eso san Pablo nos exhorta a dejarnos conducir por el Espíritu de Dios y no por los deseos de la carne. Alguno podrá decir bueno yo no me dejo conducir por el Espíritu de Dios, pero tampoco me dejo conducir por nadie. Y no es así, no es así. Fijémonos cuántas veces nosotros mismos que nos reconocemos hombres y mujeres de de fe, cuántas veces decimos "me dejé llevar por la bronca, o por el rencor", o "no sé que me pasó y me dejé llevar por el chisme, o por este comentario" o por aquella otra cosa. Podemos dejarnos conducir por los deseos de la carne, como dice Pablo, o dejarnos conducir por el Espíritu de Dios que nos mueve al amor fraterno, al servicio, que nos mueve al amor como nos dice también el mismo san Pablo que nos dejemos iluminar por este amor fraterno. La primera carta de san Juan, nos dice el autor que su fe comenzó por la experiencia del amor. "Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él". La consecuencia de haber experimentado el amor de Dios, es la fe, es creer en Él. Y nosotros podemos decir lo mismo desde nuestras diversas experiencias en el camino de la fe, hemos conocido cuánto Dios nos quiere, y en ese Dios que nos quiere así, es que creemos. En un Dios que se hizo hombre en Jesucristo, en un Dios que se hizo cercano, a todo pueblo y nación, a toda cultura, en todo tiempo y geografía. En un Dios que se hace cercano también hoy a través del cuerpo de Cristo en esta historia y este tiempo, que es la Iglesia, que somos nosotros. En un Dios que se hace cercano a quien está al costado del camino y sufre en sus heridas haber sido dejado de lado. En un Dios que nos reclama también hoy a nosotros, cercanía para con todo sufrimiento y dolor, para con toda esclavitud con todo hombre que sufre en su cuerpo o en su espíritu. El Señor se encaminó decididamente a Jerusalén sabiendo que eso era la culminación de la misión que el Padre le había encomendado. Nosotros concluimos estas jornadas, y Dios nos conceda también encaminarnos decididamente hacia la justicia, la paz, la solidaridad y el amor. Y encaminarnos decididamente a aquello que da un sentido pleno a nuestra vida, que es la entrega al Señor en la vocación que Él nos regala a cada uno de nosotros, para seguir sus pasos como pueblo suyo, como familia suya. Pidamos a la Virgen María que la hemos tenido como compañera de camino en nuestra vida, y que en su advocación de Nuestra Señora de Luján nos ha acompañado también durante estas jornadas; que ella nos ayude a hacer carne en nosotros también la palabra de Dios en este año de la fe. Que ella nos acompañe para cantar con alegría las maravillas que el Señor hace por nosotros, y que nos sostenga para que podamos ser fieles al Señor, al Dios de la vida, al Dios de la paz que cada día nos regala renovarnos en la fe y en el deseo de seguirlo. Que así sea.

 

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