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Cuentos de misterio e intriga

Cuento 1: (autoras: Micaela Rodríguez y Felicitas Santillán)

José Ruiz, 71 años de edad de mediana estatura, salió en un día gris de su casa, una de las más pintorescas del barrio, para andar en bicicleta.

Pasaba por el acceso oeste cuando escuchó que alguien se le acercaba de atrás. Se dio vuelta pero no pudo ver nada porque lo golpearon y le robaron la bicicleta, dejándolo inconsciente en la calle.

En ese momento, la gente del lugar llamó a la ambulancia y a la policía. Afortunadamente pasaba por allí el detective Gustavo Manuel Santiguez, un hombre flaco, alto, muy serio y callado. Primero buscó dos testigos: un hombre y una mujer dieron dos versiones diferentes del hecho. Mientras los interrogaba, Gustavo vio que el hombre tenía una herida en su mano que apenas se notaba porque se la trataba de ocultar. Simulando ayudarlo, rozó el corte con el puño de su camisa para obtener una pequeña muestra de sangre.

Antes de que cargaran a José en la ambulancia, el detective, muy observador, encontró un arito junto a la cabeza del ciclista. Rápidamente lo tomó con un pañuelo y lo guardó en su maletín.

Luego de revisar el lugar del hecho, Santiguez comenzó a recorrer un poco los alrededores del acceso. Era una ruta poco transitada con montes a los costados del asfalto. Mientras caminaba vio manchas de sangre que llegaban hasta un grupo de árboles. Gustavo siguió las manchas y se encontró con la bicicleta de Ruiz apoyada en una planta muy seca.

Se sentó en un banco para pensar sobre las pistas encontradas y arriesgó una posibilidad: que las manchas de sangre podían venir del corte en la mano del testigo.

La policía cientifíca no tardó mucho tiempo el analizar las muestras de sangre; el resultado fue que las manchas eran de la misma persona.

Otra conclusión que sacó fue que el arito encontrado era del testigo, porque cuando éste dio la versión del hecho, tenía un arito igual en la oreja derecha y a su lado un orificio vacío.

El investigador enfrentó al testigo y le dijo:

- Amigo, estás complicado.

- ¿Por qué?

- Porque comprobé que las manchas de sangre y este arito provienen de vos.

- No puede ser. No es cierto.

- Además, diste una versión diferente del hecho.

- Bueno, bueno... está bien, le voy a decir qué pasó.

- Decime toda la verdad.

- Yo le robé la bicicleta al viejo. Lo hice por diversión.

Gustavo supo que si no contenía la bronca que sentía al pensar en ese buen hombre lastimado sin razón, podía cometer un gran error: "Yo no debería hacer justicia por mano propia. Al joven ya le tocará su turno".

 

Cuento 2: (autora: Evelyn Gogorza.)

 

La señorita Anacleta Dupin y el señor Pancracio Holmes iban camino hacia otro nuevo crimen ocurrido en el pueblo Azucena, calle Las Margaritas s/n en la casa de la pareja de Romina Delgado y Jonathan Ávalo. Los gritos habían alertado al vecino Gustavo López y a su esposa, que de inmediato llamaron a los investigadores.

El gran patio unía la casa de López con la de la pareja por lo cual cuando llegaron los investigadores encontraron en la parte de atrás al vecino con su señora reteniendo al que parecía ser el culpable del hecho.

Para hacer todo más rápido se separaron. Anacleta entró a investigar la casa y Pancracio se quedó afuera. El asombro de Ana al abrir la puerta central de la casa fue tal que no pudo reprimir un grito ahogado: una joven estaba tirada en el piso con la mitad del cuerpo quemado y todavía haciendo esfuerzo por tomar aire. En la mano derecha tenía una botella de alcohol, pero lo que llamó la atención de Dupin fue su mano izquierda, que aferraba un papel.

De inmediato se puso en acción: llamó a la ambulancia y mientras la esperaba se calzó los guantes y tomó con mucho cuidado la botella, pero no se dio cuenta de algo hasta que no lo tuvo frente a los ojos: la botella estaba intacta, quedaba poco alcohol pero estaba sana. Esto podía ser mejor para las huellas digitales. Guardó el objeto en la bolsa y se dispuso a tomar el otro elemento, cuando percibió otra cosa: la mano con la que la joven sostenía el papel se había relajado totalmente.

Con las manos temblando, alargó un brazo para tomar la hoja. Cuando se lo sacó, Ana lo alisó y miró la foto que mostraba una chica de rostro joven y a su lado un muchacho con ojos de color verde claro y un lunar en la nariz. Esta podría ser otra prueba para investigar pero no sabía en qué la iba a ayudar, puesto que el rostro de la chica de la foto no era el de la víctima pero el del hombre tenía muchas cosas que decir. Dio vuelta la fotografía y descubrió una nota escrita con lapicera roja:

"Esta foto es la prueba de que lo que él dice es al revés. Me grita acusándome de que yo lo engaño cuando lo quiero con el corazón y esta imagen demuestra que el que me engaña es él" Romina Delgado 19-07-11

-Esto es una joya- murmuró Ana para sí.

 

Estaba tan ensimismada que no escuchó cuando llegó la ambulancia y dio un respingo al sentir el golpeteo de la puerta. Cuando Romina salió en la camilla a Ana no se le escapó la mirada de triunfo de Jonathan Ávalo y esto podía significar una cosa. Consiguió armarse de valor y entró a la casa para seguir con su trabajo pero con la cara crispada de dolor.

Mientras tanto, Pancracio había esposado al joven que sostenían los dos vecinos y completado el informe de descripción del muchacho. Así decía la hoja:

 

Día: 21 Mes: 07 Año: 2.011

Descripción:

Alto_delgado_ojos verde claro_un anillo plateado en el dedo índice de la mano derecha_lunar al costado del orificio nasal derecho_le falta un diente y calza 39.

 

Luego pidió los detalles de los vecinos y anotó: (comentario de Inés Gomara de López)

 

"Llegué a casa de la escuela y cuando entré lo vi a mi marido como un desesperado, diciendo una sola palabra: "teléfono". Se lo di y no me di cuenta de a quién podía estar llamando cuando dijo "urgente" y fue ahí que se escucharon los gritos de la casa de Romi. Gustavo soltó el teléfono y salió como una flecha hacia afuera. Yo lo seguí justo a tiempo para alcanzar a ver a Jonathan saltando por el muro de su casa y a mi marido que lo atrapó cuando estaba arriba de la pared. Fui y lo ayudé a retenerlo. Unos minutos después entraron ustedes y me alivié un montón".

Holmes, leyendo la nota descriptiva del muchacho notó algo. El anillo del joven parecía ser muy interesante, así que se lo sacó y lo miró por dentro. Tenía grabado un nombre y una fecha:

Guadalupe Ramírez 21-07-10

-Así que todo esto es celos- pensó Pancracio.

Lo mismo pensó Anacleta cuando vio la imagen por segunda vez. Y no sabía más qué hacer, salvo examinar la botella en el laboratorio. Diciendo que era urgente podían hacerlo en pocas horas.

Hubiera sido muy importante la declaración de Romina, porque lo que le había dicho Jonathan a Pancracio no se lo creía: "Ella me quiso quemar primero, pero yo intenté sacarle la botella de la mano y en el forcejeo se roció a sí misma"

“No podía ser que yo tenga una prueba excelente y él diciendo eso” pensó. Cuando se agachó a examinar las pisadas marcadas en el suelo por el alcohol, sonó su teléfono y lo miró. La ambulancia.

-Señora, lamento decirle que no pudimos reanimar a la víctima.

-¡Imposible! ¿No se puede hacer nada más?

-No señora, disculpe las molestias pero tengo que dec...- vaciló el médico y Ana aprovechó.

-No es ninguna molestia, solo pensaba que ojalá hubiera podido decirme algo, pero estaba débil y si ya se nos fue no vamos a poder hacer nada-. Mientras decía esto una lágrima cayó en la mesa.

-No señora, espere, es que le quería decir que pasó algo increíble. Cuando ya la dábamos por muerta, despertó inesperadamente y dijo una frase que me paralizó el corazón...-.

-¿Qué dijo?-. Ana estaba desesperada: una prueba más… el culpable estaba afuera esposado.

-Dijo: "No crean nada que él les diga. Yo le mostré una foto… se subió a una silla con la botella de alcohol… Fue él. Jonathan Matías Ávalo me mató". Y ahí quedó inconsciente y no la pudimos reanimar más-.

-...-

Ana no podía hablar, tenía la boca seca.

-Señora, ¿se encuentra bien?

-Sí, sí, muchas gracias, hasta luego-, cortó y salió disparada hacia afuera. Se enfrentó a Ávalo:

-Fuiste vos. Querías a otra y en vez de decir la verdad trataste de acusarla con mentiras-. Su voz delataba la realidad.

-No fui yo, se lo digo por última vez. ¿Qué prueba tiene?

-Tu novia revivió en la ambulancia ¿querés saber cuáles fueron las últimas palabras qué dijo?

Jonathan abrió los ojos como nunca y tuvo que reconocer la verdad.

Esta vez la satisfacción se vio en la cara de Ana.

 

Este periódico es realizado por alumnos y docentes de la Escuela 12 de Azucena, Pcia. de Buenos Aires.

El Módulo Periodismo 1 a 1 pertenece al Proyecto Escuelas de Innovación del Programa Conectar Igualdad de Anses.

La plataforma de publicación Newsmatic es un desarrollo del Centro Iberoamericano de Estudios en Comunicación, Información y Desarrollo (CIECID)

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