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La generación del Milenio


La generación del Milenio

Los nuevos jóvenes

Fuente:  "Criterio", julio 2013

Consejo de redacción

Los traspasos generacionales tienden a ser cada vez más rápidos. En pocos años se delinean las  características que definen a los protagonistas jóvenes. Y en no mucho tiempo más algunos de ellos estarán en condiciones de tomar decisiones que nos atañen a todos. Aspectos de un debate que, tarde o temprano, también se instalará entre nosotros.

 

El primer día del año 2010 fue probablemente intrascendente para muchos, pero coincidió con la fecha de retiro del mundo laboral de los miembros más adultos de la generación de Baby Boomers, que cumplían 65 años. El resto de los nacidos en esa generación irán alcanzando la edad de retiro a un ritmo acelerado hasta el 2030. Estos hombres y mujeres hoy dominan el panorama de decisiones: mercado laboral, inversiones, investigaciones, presencia en organismos internacionales, etc. Como líderes mundiales y jefes de las compañías más importantes a nivel global, parecen estar preocupados no tanto por su futuro personal sino por los que tendrán que hacerse cargo de lo que ellos dejen. ¿Quiénes son sus herederos naturales? La Generación Y, conocidos como Millennials.

 

La idea de bautizar con un nombre a las distintas generaciones es un invento moderno para intentar dar un orden a la más reciente historia humana y advertir que hubo una coherencia en el desarrollo de los acontecimientos. Miles de personas nacen todos los días, y la noción de atribuir características homogéneas a los que comparten una franja de tiempo es una generalización precaria. Esto se aplica tanto a los Millennials como a cualquier otra generación. Incluso los jóvenes de la Argentina no comparten muchas de estas características, pero aun así no es imposible incluirlos entre los miembros de esa generación.

 

Nacidos entre 1980 y 2000 y criados en medio de veloces avances tecnológicos, redes sociales e híper-conectividad, es habitual ver a los Millennials caminar inmersos en sus smartphones o escuchando música, enfrentando la vida con una aparente ligereza que los mayores interpretan como desinterés o apatía. Los Boomers desconfían de los Millennials, los consideran superficiales o quedados y, sobre todo, les preocupa qué pasará con el mundo cuando estos jóvenes lo hereden.

 

Hay muchos mitos y especulaciones en torno a estos nuevos jóvenes. La opinión pública se divide entre quienes creen que representan una esperanza para la sociedad y quienes los ven como perezosos y egocéntricos. Por ejemplo, en su portada del pasado mes de mayo, la revista Time los rebautizó como Me Me Me Generation (Generación del yo yo yo),y consideró que padecen el síndrome de personalidad narcisista tres veces más que los Boomers.

 

Una filosofía peculiar

 

Quizás una de las razones por las que nos resulta difícil emitir un juicio equilibrado tiene que ver con su peculiar filosofía de vida. En cuanto al trabajo, tienden a no considerarlo un fin en sí mismo sino sólo un medio para mantenerse, y es infinitamente menos importante que su tiempo libre. Parecería que les causa profundo rechazo la idea de estar toda su vida trabajando en la misma compañía o viviendo en el mismo lugar, y que les resulta absolutamente ajena la empinada escalera de ascensos corporativos. En efecto, las tareas repetitivas o monótonas suelen aburrirlos y, en general, prefieren hacer lo que les gusta a tener un salario abultado. Y no nos estamos refiriendo a jóvenes con su futuro económico asegurado, una inclinación a la vida bohemia o sumergidos en la pobreza, sino a gente que estudia y trabaja dentro del sistema.

 

En apenas estas pocas líneas ya es posible deducir por qué a los mayores nos cuesta comprender a la nueva generación: los puestos por los que los Baby Boomers daban su vida hoy ni siquiera son codiciados, tampoco importan ciertas reglas de etiqueta y ni la experiencia infunde el respeto de años atrás. En efecto, los Millennials son partidarios de la integración horizontal y de aplicar conocimientos propios para resolver problemas de formas poco convencionales, ya que están convencidos de que la variedad y el cambio enriquece los procesos: pueden renunciar a un trabajo porque están hastiados y a la vez también creer que a la empresa le conviene renovar su gente. Coinciden en la meritocracia, es decir, no consideran que un individuo deba ser juzgado por su curriculum, sus referencias o el tiempo que lleva en la compañía, sino por sus logros y capacidades. Este aspecto suele interpretarse erróneamente como falta de obediencia hacia los que tienen más experiencia, o incluso como una actitud de superioridad y prepotencia, pero el mensaje profundo sería otro:“Cada gramo de su respeto tiene que ser ganado, pero una vez que se logra, se entregan ferozmente”. Así se expresa Cam Marston, experto en integración generacional en el trabajo y escritor del libro Generational insights (que puede traducirse como “percepciones generacionales”). Marston sostiene que para liderar a esta generación los empleadores deben hacerlo con el ejemplo, demostrando que tienen las aptitudes necesarias para mandar, porque los nuevos jóvenes no valoran las políticas de gerontocracia.

 

En lo personal, se los acusa de cínicos, casi nihilistas, de pensar sólo en sí mismos. Sin embargo, un estudio realizado por The intelligence group, una compañía de research para empresas de alto nivel, reveló que el 56% de los Millennials aceptaría percibir un salario más bajo a cambio de trabajar en algo que ayude al mundo. Además, seis de cada diez aseguró sentirse preocupado por la situación de la sociedad, y personalmente responsable de hacer algo para mejorarla. En la Argentina este fenómeno también se visualiza en la adhesión sin precedentes de los jóvenes a ONGs como “Un techo para mi país”, la preocupación por el medio ambiente o el surgimiento de nuevos grupos misioneros y hasta viajes de egresados solidarios. Incluso se podría decir que las marchas multitudinarias y la resurgida militancia política es, de alguna manera, una señal de involucramiento y preocupación por la sociedad.

 

A nivel laboral, los Millennials se mantienen fieles a sus ideales, y rara vez harían algo con lo que no están de acuerdo por cumplir con una orden. El resultado suele ser, por un lado, trabajadores apasionados que aman lo que hacen y, al mismo tiempo, jóvenes que circulan de puesto en puesto sin asentarse hasta encontrar el que les calce. En nuestro país esto se aplica también a los estudios universitarios, y a los índices de deserción cada vez más altos. Es común ver a los alumnos cambiar de carrera o universidad varias veces. Difícilmente se verá a esta generación trabajar o estudiar con desgano, odiando en secreto su tarea cotidiana.

 

En cuanto a la comunicación, al haberse criado de la mano de internet, tienen una empatía global y son conocedores del poder que adquiere un individuo informado. No separan sus vidas en bloques, como hacían las generaciones anteriores: en su cuenta de Facebook agregan tanto al guardia de seguridad como al CEO de la compañía en la que trabajan, y comparten las mismas cosas con ambos. El networking, que tanto cuesta asimilar a los mayores, es tan natural para ellos como lo era antes darse una palmada en la espalda. Esto les da una gran ventaja a la hora de coordinar grupos o estrechar relaciones entre jefes y subordinados, en un mundo laboral donde parecen querer romper con las jerarquías y las burocracias.

 

Es cierto que los Millennials pueden parecer egocéntricos o que tienen una respuesta para todo, pero en realidad se saben jóvenes, se sospechan ingenuos, y acaso sea ésta una forma de ocultar sus inseguridades. Saben que no pueden cambiarlo todo desde sus computadoras y celulares. Entienden que hace falta más de una generación con buenas intenciones y creatividad para mejorar el mundo que los rodea. Necesitan que los mayores les enseñen a liderar, los ayuden a distinguir lo temporal de lo eterno, lo aparentemente noble de lo perenne.

 

Si los adultos están realmente preocupados por el futuro, deberían confiar en ellos. Están a tiempo: tienen casi dos décadas por delante para ayudar a esta nueva generación a canalizar su potencial. Habrá que hacer esfuerzos: los primeros deben escuchar con humildad, y los segundos, enseñar sin condescendencia.

 

 

    Sería interesante que el editorial incorporara un análisis de las causas de los comportamientos de los jóvenes Millennials “que estudian y trabajan dentro del sistema” y no son ni ricos ni pobres.

 

    A nadie se le escapa que en todo el mundo, no solo en Argentina, los cambios en la sociedad postindustrial hacen que sea imposible para los jóvenes sostener un hogar de clase media sin contar con dos sueldos. Esto hace que trabajen más y gasten más para poder proveer “más” a su familia. Ese “más” impacta sobrevaluando la vida laboral y desvalorizando las relaciones personales y todas las responsabilidades asociadas.

 

    En parte por esto mismo, las relaciones de pareja son “líquidas”, como describen Bauman y Sennett, no son estables hasta edades bastante más altas que antes y los hijos llegan mucho más tarde, porque los jóvenes quieren vivir experiencias – como viajes y vacaciones – que saben les serán impagables cuando los tengan.

 

    En el mundo del trabajo, a partir de los años 70 las Gerencias de Personal (con mayúscula) se fueron transformando en áreas de “recursos humanos”, lo que no es un dato menor ya que sincera su visión neoliberal de la persona. Nos define explícitamente como insumos, a utilizar según la conveniencia de las empresas.

 

    Como cualquier otro “recurso”, se optimiza su uso, por ejemplo organizándolo en grupos de trabajo flexibles “liderados” y “motivados” mediante estrategias diseñadas por especialistas en . . . “recursos humanos”. Es muy común, por ejemplo, prometerle “al equipo” premios importantes por el cumplimiento de metas objetivamente inalcanzables y luego hacer recaer sobre ellos la “culpa” de fallar. En algunas corporaciones tecnológicas como Google, usan recursos increíblemente sofisticados para lograr que sus “recursos” estén apasionados (¿y obsesionados?) por su trabajo.

 

    Pero para la mayoría de los jóvenes, las condiciones de trabajo son difíciles y aburridas, los horarios excesivos, las tensiones fuertes y los accidentes laborales muchos. Además en el mundo entero están los precarios, más baratos, que se despiden apenas se puede prescindir de ellos. Acá son Monotributistas (con suerte!) que van desde médicos que cubren guardias extenuantes hasta inmigrantes que tienden cables entre azoteas del microcentro sin usar sus elementos de seguridad porque cobran por trabajo y no pueden perder el tiempo que les lleva protegerse.

 

    Es difícil poner interés personal – “apasionarse” – con un trabajo duro y “líquido” y por eso en la mayoría de los jóvenes hay muy poco compromiso hacia las empresas. Las que a su vez no lo tienen en absoluto con sus “recursos”. Esa carrera en una misma empresa que comenzaba desde abajo y terminaba con la entrega de un reloj ya no existe, quizás más que de rechazo de parte de los jóvenes debemos hablar de realismo. Los compromisos se adquieren con tiempo y respeto y nada de esto se les concede a los “recursos”, que lógicamente valorizan más su tiempo libre.

 

    Los datos alentadores respecto de la actitud altruista de los Millennials se corresponden con los que menciona Mario Bunge, que reproduje en un comentario al artículo “Expectativas, incertidumbres y ciclos” del número del pasado Mayo/2013. A Dios gracias, los seres humanos somos muchísimo mejores que lo que nos quiere hacer creer el neoliberalismo.

 

    Y esta es una base muy sólida para ser optimistas, sobre todo en un momento en el que, saliendo del corset de la ortodoxia neoliberal, se generan tantas nuevas propuestas para construir un mundo más humano, sostenible y equitativo.

Por qué uno de cada dos jóvenes enfrenta problemas de inserción social?

Capello, Marcelo - García Oro, Gerardo

Marcelo Capello es licenciado en Economía por la Universidad Nacional de Córdoba, Magister en Economía por Georgetown University, con mención en Políticas Sociales.

Gerardo García Oro es licenciado en Economía por la Universidad Nacional de Córdoba, Magister en Economía por la Universidad del CEMA

 

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El instituto de investigación de la Fundación Mediterránea (IERAL), en base a datos oficiales, elaboró un informe donde analiza la situación de los jóvenes y el mundo del trabajo en la Argentina de hoy.

 

La Argentina ha transitado durante los últimos años un proceso de crecimiento económico que sólo fue interrumpido por el impacto de la crisis financiera internacional en el año 2009 y por algunas intermitencias y retrasos en materia de competitividad que impactaron fundamentalmente durante 2012. Sin embargo hoy, como hace diez años, entre la población se encuentra un importante grupo de personas con inserción laboral nula o precaria y deficiencias formativas, ambos aspectos que contribuyen a desdibujar sus oportunidades de inserción y progreso social.

 

Respecto a quienes enfrentan problemas de inserción laboral, este colectivo encuentra a personas que no tienen empleo, o de tenerlo, éste constituye un empleo informal por el cual perciben salarios inferiores al mínimo legal o se trata de actividades como el cuentapropismo no profesional de baja retribución.

 

En este contexto la situación de los jóvenes es aún más problemática, ya que éstos constituyen un grupo poblacional que generalmente, en su tránsito de la adolescencia a la vida adulta, suelen enfrentar serias restricciones para insertarse en puestos de empleo productivos y superar la vara formativa que provee la escuela con nuevos aprendizajes y con una incorporación de nuevas habilidades en los propios estamentos productivos.

 

Esto implica que, para conseguir mayores oportunidades, los jóvenes no sólo deben esforzarse por desarrollar aptitudes requeridas y demandadas por el sector productivo de la región en que habiten, sino también contar con las herramientas básicas que les provee la escuela y su respectiva certificación (lo cual implica la terminalidad educativa), además de lograr desarrollar determinadas habilidades psico-emocionales que le permitan la preparación mental y psicológica necesaria para transitar exitosamente desde la escuela al mundo del trabajo.

 

Tomando como base la Encuesta Permanente de Hogares que elabora el INDEC, las estadísticas dan cuenta de que los jóvenes en edad de haber finalizado sus estudios de nivel medio (18 a 24 años de edad) constituyen un universo de 4,8 millones de personas. Entre éstos, unos 745 mil jóvenes (el 15,3% del total de jóvenes en dicho rango etario) constituyen el conjunto que se encuentra en situación más vulnerable, ya que corresponde a jóvenes que no estudian, no trabajan ni tampoco buscan empleo (los denominados jóvenes “Ni-Ni”). Sin lugar a dudas este segmento poblacional requiere de políticas activas focalizadas e innovadoras, que empoderen su situación y logren potenciar sus oportunidades de desarrollo e inserción social; y el dato más preocupante es que la incidencia de jóvenes “Ni-Ni” de entre 18 y 24 años de edad se incrementó respecto al año 2003, periodo en que alcanzaba al 13,1%.

 

Por otro lado, otros 516 mil jóvenes buscan empleo pero no lo consiguen, por tanto se consideran dentro del conjunto de desocupados. Para tomar consideración de la profundidad de este segundo inconveniente de inserción social puede mirarse la brecha existente entre la tasa de desempleo juvenil, que alcanza para el año 2012 al 19,6% (entre aquellos tienen entre 18 y 24 años) y la tasa de desempleo general de la economía, que en promedio alcanzó al 7,2% de la población activa a nivel nacional. Esto implica que la tasa de desempleo juvenil resulta casi tres veces superior a la tasa de desempleo general de la economía.

 

No obstante ello, unos 2,1 millones de jóvenes se encuentran en actividad y efectivamente pudieron conseguir un empleo. El problema está en que entre éstos, 6 de cada 10 se insertaron en empleos precarios, de manera que 1,3 millones de jóvenes de entre 18 y 24 años no han logrado alcanzar buenos empleos y sufren condiciones de informalidad laboral, falta de cobertura de seguridad social, retribuciones por debajo del promedio, condiciones laborales deficientes y escasas oportunidades de aprendizaje y progreso laboral en el ámbito que se insertaron.

 

En suma, casi 2,5 millones de jóvenes enfrentan inconvenientes al momento de enfrentarse al mercado laboral (estando desocupados o en empleos precarios) y/o se encuentran en un estado de inactividad que ni siquiera se condice con dedicar su tiempo al estudio. Por tanto, puede decirse que el 52,2% de los jóvenes de entre 18 y 24 años enfrentan problemas de inserción social por alguna de las vías señaladas.

 

Esto da cuenta de un inconveniente que lejos está de ser resuelto y que claramente ha dejado de ser un problema coyuntural, para transformarse en una deficiencia de tipo estructural, lo cual obliga a replantear estrategias educativas y de generación de oportunidades de acceso y capacitación en empleos formales para los jóvenes.

 

Un problema de oportunidades futuras

 

Es cierto que la problemática de desarrollo juvenil constituye materia de preocupación en la comunidad internacional, por lo que puesto en perspectiva, la Argentina no es el único país donde se manifiestan inconvenientes de inserción social entre los jóvenes.

 

No obstante ello, el estudio “Education at a Glance” realizado por la OECD permite comparar internacionalmente la incidencia de jóvenes “Ni-Ni” entre aquellos que tengan entre 15 y 29 años de edad. Tomando este rango etario, la incidencia de jóvenes “Ni-Ni” en la Argentina alcanza al 14,2% del total, medida que resulta superior al promedio europeo observado para el año 2010 (último dato disponible) del 7,2%. Respecto a otros latinoamericanos, el resultado de la Argentina resulta superior al de Brasil (12,8%), aunque inferior al caso de México (20,4%).

 

Asimismo, si se compara la proporción de jóvenes “Ni-Ni” respecto a los niveles de desarrollo institucional y el poder de competitividad internacional de cada país, se encuentra una cierta correlación positiva, ubicándose la Argentina entre los países peor posicionados sobre ambos indicadores.

 

Este antecedente alerta sobre el riesgo que implica que muchos jóvenes en la actualidad se encuentren marginados de los circuitos formales de empleo y de los procesos de formación (tanto dentro como fuera de la escuela) pensando en la construcción de una nueva generación que, de no mediar estrategias que ataquen la problemática, llegará a la adultez con importantes deficiencias en su formación de capital humano, lo cual podría repercutir negativamente sobre la competitividad futura del país a nivel internacional, por la trascendencia de contar con recursos humanos cada vez más productivos.

 

Un problema con débil escala de atención y deficiente focalización

 

La particularidad de la situación de los jóvenes hacia el interior del país es que se exhiben importantes diferencias regionales. A modo de ejemplo puede mencionarse que, en 2012, la proporción de jóvenes “Ni-Ni” de entre 18 y 24 años de edad encuentra en Chaco la incidencia máxima, que alcanza al 32,5% de sus jóvenes. Esta provincia es seguida por Formosa (24,3%), San Luis (22,6%) y San Juan (22,2%). Por otro lado, la jurisdicción con menor proporción de jóvenes “Ni-Ni” es la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, con sólo un 6,9%, seguido por las provincias de Córdoba (12,7%) y Salta (13,4%).

 

Sin lugar a dudas estas diferencias regionales deberían ser contempladas por las políticas públicas que se apliquen con el objetivo de contrarrestar esta situación. No obstante, el principal programa nacional destinado a los jóvenes con problemas de inserción social, denominado “Jóvenes con Más y Mejor Trabajo”, pese a tener un buen diseño y contar con instrumentos alineados a las recomendaciones internacionales en materia de promoción del desarrollo juvenil, presenta importantes deficiencias en materia de focalización. En este sentido, la focalización del programa es importante en las provincias de Buenos Aires (donde habita el 31,4% de los jóvenes cubiertos por el programa), Chaco (10,1%), Tucumán (6,6%), Mendoza (6,6%), Misiones (6,5%) y San Juan (6,1%).

 

 

Además de que el programa mencionado luce una escala de atención baja frente a la dimensión del problema a atender, la focalización luce más problemática si se compara, interprovincialmente, la proporción de beneficiarios respecto a la incidencia de jóvenes con problemas de inserción social. Por ejemplo, en cuatro de las ocho jurisdicciones con mayores problemas de inclusión social de los jóvenes, la presencia del programa resultó inferior al alcance relativo a nivel nacional y de similar magnitud a la presencia de éste entre las provincias con menores inconvenientes.

 

Entre éstos casos resalta el caso de Catamarca que, pese a tener un 55,5% de sus jóvenes con problemas laborales y/o educativos, hasta enero de 2012 no presentaba jóvenes atendidos por el programa. Por otro lado, la provincia de Santiago del Estero, donde el 60,3% de los jóvenes muestran problemas de inserción social (máximo jurisdiccional observado), el Programa alcanza a sólo el 7,8% del total de sus jóvenes de 18 a 24 años. Mientras tanto, otras provincias como San Juan, Misiones, Chaco y Río Negro (donde al menos uno de cada dos jóvenes enfrenta problemas de inserción social) percibieron beneficios en proporciones que van entre un 20% y 41% respecto al total de jóvenes habitantes de dichas provincias.

 

En suma, el problema preocupa por transitar de lo coyuntural a lo estructural, por afectar las oportunidades sociales y de competitividad futuras de la Argentina y porque la escala de atención y focalización actual de la problemática presenta importantes deficiencias.

 

Por lo tanto, en vista de las consecuencias sociales tanto de corto como de largo plazo, es necesario que se promueva un fortalecimiento de las estrategias propuestas para atacar la problemática, ampliar su escala de atendimiento y complementarlas con prácticas de probada eficacia a nivel internacional.

 

 

 

 


 

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