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La contemporaneidad del mito del Gauchito Gil

 La contemporaneidad del Mito del Gauchito Gil

Lucía G. Montenegro (UBA)

Lic y Esp Gabriela Gachassin (IUNA)

Introducción

 

El presente trabajo esta orientado a poner de relieve el resurgimiento de uno de los Mitos más importantes de nuestro país: el del Gauchito Gil.

La sociedad globalizada y tecnologizada en la que vivimos, muchas veces nos hace creer, de manera ilusoria quizá, que nuestra existencia se desarrolla desde el marco de la lógica racional. Especular con el mito implica alejarse de parámetros y categorías que componen esta racionalidad. Pensar míticamente para nosotros es de manera lisa y llana, abordar un costado de nuestra humanidad que ha quedado desligado de la razón y por tanto nos embarca en esa parte nuestra que negamos con frecuencia.

 De esta manera, dejamos con nuestra arrogancia que este tipo de creencias y prácticas sean cultivadas por las clases populares a las que, de modo vergonzoso les justificamos estas experiencias religiosas, habida cuenta de su condición: de clase plebeya, clase popular, la portadora de los saberes ocultos, saberes no doctos, como diría Martín Barbero, que por momentos parecieran no dialectizarse, no transitar dentro de la pluriculturalidad de nuestro entorno.

 Este tipo de pensamiento de confrontación; es uno de los responsables directos de la pérdida de la identidad. No abordar la temática de un pasado de profundo misticismo en el mejor de los casos o negarlo; no sólo socava la memoria popular; sino que además mina ineluctablemente la formación del sentido. La pérdida de estas experiencias, ya sea por procesos de aculturación o enculturación inclusive, en esta modernidad post, dejan sin piso a las formas de subjetivación, que configuran la manera que tienen los pueblos de pensarse a sí mismos. Esta es una parte de la historia de nuestra América Latina y de ello se desprende parte de la problemática actual a la hora de buscar la identidad latinoamericana.

 

En esta contemporaneidad globalizada, en la que se ha perdido el centro, compuesta por fragmentos, el hombre se encuentra en busca de respuestas a temas que provienen de tiempos inmemoriales, así es que remoza el pensar mítico porque las respuestas de la ciencia no lo conforman.  

 Desde la provincia de Corrientes, con su memoria guaraní, hasta la Ciudad Autónoma de Buenos Aires; desde el siglo XIX al XXI, el mito expresado como saga, se nos revela con la misma fuerza de sus comienzos. El Gauchito Gil, se presenta para muchos de nuestros congéneres, respondiendo a las dudas existenciales: confortando al que cree.

La renovación de la fe popular no responde sólo a la globalizada fragmentación, sino también a la búsqueda de la identidad.

En este punto me parece pertinente hablar del arte, como forma de representación de las diversas emergencias culturales; en las que a veces sin proponérselo se encuentra presente. Este es el caso que nos ocupa con los Lenguajes Combinados, en las celebraciones del mito del Gauchito Gil. La concurrencia de la representación artística se evidencia en el marco de esta religiosidad, como veremos más adelante, con el lenguaje Corporal, en la danza y la performance: El Visual, en el marco del Santuario y el Sonoro, de la mano de la música.

Breve historia del Gauchito Gil

Según cuenta el mito, Antonio Mamerto Gil Núñez nació un 12 de agosto de 1847, en la localidad de Mercedes.  

En su juventud, Gil fue un trabajador rural que tuvo un romance con una viuda adinerada, lo que le ganó el odio de los hermanos de la misma y del jefe de la policía local, que cortejaba a la misma mujer. Debido a la amenaza, Gil abandonó el lugar y se alistó para pelear en la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870) contra Paraguay. Pero una noche Gil desertó del campamento, pues no quería derramar sangre de hermanos. El Ejército libró una orden de detención contra Gil. Huía con ayuda de puesteros de estancia y familias pobres, a los que el gaucho agradecía dejándoles pertenencias que robaba ocasionalmente en casas de terratenientes adinerados.  

Al poco tiempo, fue capturado y enviado primero a  Mercedes y luego a Goya para ser juzgado. Emprendió el viaje maniatado y custodiado por cuatro soldados. Era común en la época que los prisioneros no llegaran a destino, ya que eran asesinados durante su traslado, bajo la excusa del “intento de fuga”. A sabiendas de la situación, el coronel Velásquez, quien conocía a Antonio y lo consideraba noble y honesto, pidió al Coronel Salazar (encargado de la causa) la liberación del reo. Salazar le pone como condición que presente una carta con 20 firmas de personas conocidas para dejarlo en libertad. Velázquez las consigue pero llega a Mercedes cuando la partida ha salido con el detenido rumbo a Goya.

Al llegar al Cruce de las Picadas, a unos 8 km al norte de Mercedes, los tres soldados, un sargento y el prisionero decidieron descansar. Y como era de prever, por circunstancias nunca esclarecidas, Gil fue asesinado a sus 30 años, aunque antes de la ejecución comenzó a escribir su mito.

Antes de que lo degollaran, Gil rogó a sus custodios piedad, asegurándoles que la carta para su liberación estaba en camino, pero no le creyeron. Lo maniataron y lo colgaron de un árbol cabeza abajo.

En el momento en que un sargento lo iba a ejecutar, Gil le advirtió al verdugo que al volver a su hogar, encontraría a su hijo gravemente enfermo y que para salvarlo debía invocar su nombre en oraciones. El Gauchito le explicó a su asesino que, estaba derramando sangre inocente y, que la misma llega a Dios.

Al llegar a la ciudad, el sargento recordó la advertencia y solicitó permiso para visitar a su familia; ya en la casa, comprobó que su hijo estaba desahuciado. De rodillas le pidió a Gil que intercediera ante Dios para salvar la vida de su niño y le suplicó perdón por sus actos. A la madrugada el niño que estaba al borde de la muerte se había salvado. Al amanecer, el sargento, en agradecimiento, construyó una cruz con ramas de ñandubay y se dirigió hasta el lugar donde yacía el cuerpo del Gauchito para darle cristiana sepultura.

La noticia se extendió a otras ciudades. Ante un orden social signado por el poder militarista, los oprimidos y pobres encontraron en la leyenda de Gil un mito a alimentar. Y lo que fueron visitas esporádicas devinieron con el tiempo en procesiones locales y regionales, acompañadas lógicamente de nuevos milagros y pedidos de fe.

El héroe mítico

¿Por que hablamos de mito en el caso del gauchito Gil?  Relatado como mencionamos en la Introducción del presente, bajo el estilo de saga; Antonio Gil atraviesa durante su corta vida gran cantidad de penurias. Como se consigna en el apartado anterior, la muerte lo encuentra joven y, al ser ésta de carácter trágico lo transforma en héroe.

Hay dos versiones acerca de la irrupción de lo sobrenatural en la vida del Gauchito, que lo acercaría más tarde a su fin. Como veremos, ambas provienen de relatos de dos cosmovisiones diferentes. La católica y la guaranítica, propias del sincretismo posterior a la conquista, producido en la zona que hoy es la provincia de Corrientes. Creemos importante hacer hincapié en ambas, habida cuenta de que componen la identidad de un pueblo, en el que convergen dos culturas.

 En la primera encontramos: “Las tropas partieron al lugar del enfrentamiento, pero en el momento que acampaba, Gil decidió desertar porque en la noche había tenido un sueño donde le apareció un ángel del Señor que le decía ’No derrames la sangre de tus semejantes’ ”. (Bocconi y Etcheverry, 2003, p. 88, citado en DRI, 2003)

“Salazar iba hacia el Norte

Con su tropa de valientes,

Antonio Gil en las filas

Era un soldado obediente.

Una noche tuvo un sueño

Con un ángel del Señor,

Y dejando el campamento

Tras el río se perdió.” (Ídem)

En la segunda versión nos encontramos con la cosmovisión guaraní: “La leyenda agrega que, durante un sueño, se le presentó ‘Ñandeyara’ (dios guaraní), que le aconsejó no derramar sangre de sus semejantes. Esta propuesta lo decidió a abandonar las fuerzas de Salazar, fugándose al amparo de la noche en Los Palmares. Así se convirtió en desertor y cabecilla de su propia banda. Por ende vivía errante por los montes de Paiubre (Mercedes), cuatrereando en la zona y siempre perseguido por ‘la autoridad’”(Rainero, 1990, p. 56, citado en DRI, 2003).

Como acabamos de ver, en ambos relatos se verifica la aparición de lo sobrenatural, sea un ángel en nombre de Dios en el caso católico, o el propio dios guaraní en la versión homónima. El hecho de que Gil haya sido un hombre histórico, con esto queremos decir, que ocupó un espacio y un tiempo cronológico, deja entrever la posibilidad o, más bien, la realidad de que en un momento de su vida, en el estado de sueño es poseído por lo sobrenatural y adentrado al tiempo mítico. Un tiempo, sin tiempo: uno que no tiene mensura. Aquí nos involucramos en el mito que se refiere a realidades. La existencia de Antonio Gil es incuestionable, como también lo son los milagros posteriores a su fallecimiento. Como hemos visto ut supra, el caso de la sanación del hijo de su verdugo.

Como todo mito, hay un rito y una celebración. En el caso del presente, los mismos se llevan a cabo en el predio donde se erige el santuario del Gauchito. Este se encuentra la provincia de Corrientes, en la ruta 123 próxima a la ciudad de Mercedes.

La Fiesta y el arte

Cada 8 de enero se concentran en la ruta mencionada, grandes procesiones en las que se observa gente a pie, a caballo, en autos y camiones, en dirección al santuario. El festejo gira en torno a la conmemoración de la muerte de este héroe trágico. Muchas de estas personas participan de este rito honrando un pedido concedido por el Gauchito. También están los llamados promesantes, que son aquellos que le prometen hacer algo a cambio de una bendición.

Dentro del rito, encontramos innumerables cantidades de símbolos que tienen que ver con lo que se creía, o se cree, que el Gauchito ‘necesita’ en su vida no terrena. Las ofrendas, tanto de los promesantes como de los devotos, consisten en dejar artículos que le hagan falta a Gil en el santuario. Mencionaremos en este caso algunos de ellos como: cigarrillos, agua, ropa.

Dando una mirada al sitio, podríamos decir que este se ha convertido en una instalación en la cual los performers son los fieles.  En este punto cabe destacar el colorido del lugar en donde simbólicamente predomina el rojo, distintivo del Gauchito.  Aunque no debemos olvidar que el rito y la celebración conforman un símbolo en sí, como un todo coherente que responde a la expresión de este mito.

A la hora de la fiesta, que se hace en la parte exterior del santuario, nos encontramos con la música y la danza. Obviamente, estamos hablando de estos mismos performers, que bailan al ritmo del chamamé, algunos de ellos vestidos con ropas típicas de gauchos y paisanas. Se escuchan payadores acompañados por guitarras en contrapunto. A veces recitan, otras cantan, décimas que hablan y destacan las acciones del héroe, como así también su trágica muerte y subsiguiente milagros.

Para terminar, queremos destacar que por la noche, en lo que podemos llamar una acción performática que irrumpe en la escena en combinación con el paisaje sonoro, una figura del Gauchito sale del santuario. La misma es transportada en una especie de ‘carroza’ adornada y ornamentada montada sobre un auto o camioneta. La multitud asistente ‘saluda’ y vitorea a su héroe representado en una estatuilla, que más tarde vuelve al santuario. Queda terminada así la renovación y reactualización de este mito popular.

 

 

Consideraciones Finales

En la introducción del presente hablamos del Mito, la identidad, Latinoamérica y la globalización. Como preludio de lo que consideramos la pontificación de lo que, a través de nuestras lecturas, creemos es la única manera de buscar la identidad, consecuentemente encontrarla y desde ese lugar, re-pensar nuestra propia cultura. Este re-encuentro con nosotros mismos debe hacerse alejados de lecturas modernocéntricas, eurocentradas que renieguen de la religión, viéndola como una supervivencia no relacionada con la lógica de la Modernidad, que en los mejores casos decide tolerar. Por tanto y como se ha visto en el desarrollo de este trabajo, arte, ciencia y religión se mezclan en lo que un importante porcentaje de la población de nuestro país cree. Pensamos que esta es la manera que tienen nuestros pueblos de construir una identidad que sistemáticamente es arrasada por la mass media y la industria cultural.

La autocrítica de nuestros pueblos, como afirma Enrique Dussel, es fundamental a la hora de abordar los presentes diálogos interculturales. No conocernos a nosotros mismos, impide la valoración de nuestros orígenes y originalidades. En este sentido, la religiosidad popular no puede ni debe ser infra-valorada o hecha a un lado, ya que es parte de la definición de nuestra realidad.

Paradójicamente, la tecnología y la globalización contribuyen al resurgimiento y necesidad de buscar nuestra propia identidad. En el caso que nos ocupa, de la mano del mito del Gauchito Gil, muchos argentinos podemos llegar a entender nuestros orígenes. Si de esta alteridad somos ‘los otros’ que pasamos a ser ‘nosotros’, sin ser lo que hay que enmendar; entonces lograremos desde esta pluriculturalidad o de estos tránsitos, como mencionamos en párrafos anteriores encontrar nuestra identidad y por fin, nuestra cultura.

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

Barbero, Jesús Martín. (1990) “De los medios a las mediaciones. Comunicación, cultura y hegemonía”, Convenio Andrés Bello, Bogotá.

Dri, Rubén. (2003) “Símbolos y fetiches religiosos. En la construcción de la identidad popular”, Biblos, Buenos Aires.

Elíade, Mircea. (1992)Mito y realidad”. Labor, Barcelona.

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https://www.uca.edu.sv/deptos/letras/sitio_pers/amarroc/document/cyc/material5.pdf

https://suite101.net/article/el-culto-al-gaucho-de-los-pobres-de-argentina-a9557

Semán, Pablo. (2001) “Cosmológica, holista y relacional: Una corriente de la religiosidad popular contemporánea”. Artículo publicado en la Revista Ciencias Sociales y religión, Año 3, Nro 3, Porto Alegre.

 

 

 

 

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